Memoria agradecida
Memoria agradecida / La Provincia
Dese hace tiempo me ronda lo que siempre he considerado una deuda histórica de gratitud en nuestra sociedad española. Y porque creo que este mes con aroma de incienso sacro es buen momento para pronunciar una palabra agradecida, doy rienda suelta a mi sentimiento personal que, espero, sea también el de otros.
Con frecuencia, desde diversos ámbitos se ha pasado factura a la iglesia católica y a sus representantes por distintas cuestiones que ensombrecen el mensaje evangélico del que es heredera; pero muy pocas veces nos hemos planteado una palabra de gratitud por el mucho bien que ha sembrado a lo largo de los siglos a través de sus instituciones o del compromiso personal de alguno de sus miembros; a poco que observemos, podremos comprobar cómo continúa presente como realidad y esperanza eficaz para los más desfavorecidos.
Pero mi propuesta va un poco más allá. Me remito a un momento ya lejano de nuestra historia, pero siempre presente en el recuerdo, como es la pasada guerra civil. Durante aquellos trágicos años se produjo una persecución religiosa en la zona republicana como no se conocía desde la época del Imperio Romano. En total, fueron asesinados en razón de su fe unos siete mil sacerdotes y religiosos, aparte de otros muchos seglares. Hubo diócesis como la de Barbastro, donde murió el noventa por ciento de su clero, y congregaciones religiosas como los claretianos, que perdieron a la gran mayoría de sus religiosos más jóvenes. Como consecuencia de ello, la iglesia española quedó huérfana en todas las instituciones con carencia generalizada de sacerdotes y pérdidas cuantiosas en su patrimonio.
Terminada la guerra, se produjo un empeño generalizado por reclutar vocaciones para los seminarios, con un resultado multitudinario como no se conocía antes. Posiblemente contribuyó en ello el resurgimiento generalizado de un sentimiento religioso, la mucha miseria reinante en el mundo rural al que pertenecía el setenta por ciento de la población, y el crecimiento demográfico propio del momento. Surgieron tantas vocaciones sacerdotales y religiosas que desbordaron las previsiones y las posibilidades de acogida por parte de las instituciones. Fue un verdadero éxodo de miles de niños y jóvenes para dar cumplimiento a sus propias ilusiones, a sus ideales y sueños o, incluso, al deseo de las familias que pretendían un futuro mejor para sus hijos.
A partir de ahí, las instituciones eclesiásticas realizaron un esfuerzo ingente para acoger, alimentar, educar e incorporar a cuantos llamaban a sus puertas. Se construyeron edificios fabulosos financiados incluso con muchas privaciones personales de no pocos, en una época recordada como «los años del hambre». Personalmente doy fe de los grandes sacrificios incluso para preparar y liberar claustros de profesores que pudieran ofrecer una educación digna en lo que algunos llamaron La Universidad de los Pobres, con el empeño por ver crecer el número de sacerdotes y religiosos que atendieran las demandas de la misión evangelizadora.
Al cabo de los años, la mayoría de aquellos niños y jóvenes se incorporó a la vida civil, pero con un nivel educativo al que no hubieran tenido oportunidad en el ámbito donde nacieron. Otros se mantuvieron firmes en su llamada religiosa convirtiéndose en servidores de todos desde su compromiso con la comunidad cristiana. Y todos, como miembros de las generaciones transcurridas hasta el día de hoy y que han sido la base del crecimiento de esta España nuestra que hoy disfrutamos.
Ha pasado el tiempo. Muchos ya no han conocido aquellos seminarios donde permanecían los aspirantes que veíamos formados en filas con vestimenta clerical cuando salían de paseo. Algunos creerán que el nivel educativo de hoy siempre haya sido así. Pero a poco que hurguemos en nuestra historia, podremos comprobar la grande y generosa labor de la iglesia en la formación de aquellas generaciones, y ante ello solo cabe una palabra: gracias. Gracias por ese esfuerzo tan generoso y positivo; gracias por el regalo de esperanza y realidad feliz para tantos y que permanece como cimiento de nuestra sociedad.
