Las gratitudes
Delphine de Vigan plasma la "dificultad de expresar la gratitud" en su última novela
A veces pienso en la muerte. Lo hago escondida con miedo de que, si me ve, me alcance. En ocasiones reflexiono sobre el desconsuelo y lo hago con la manta hasta el cuello, como cuando de niños oíamos algún ruido y nos escondíamos debajo de las sábanas, pero espiando por alguna rendija para que lo que quiera que hubiese en la habitación (o en el imaginario infantil) no nos agarrase desprevenidos. A menudo me sorprendo cavilando sobre la vejez, la pérdida de la autonomía, la fragilidad, la dependencia. Y me paralizo. No le tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a dejar de existir. A perderme los amaneceres, el sabor del café, la calidez de un abrazo o la satisfacción de un logro alcanzado. En cambio, sí le tengo miedo al sufrimiento y a ser consciente de cómo, paulatinamente (o más rápido de lo esperado), dejo de ser la mujer que soy: ágil, vital, locuaz, disfrutona.
Parece que durante nuestra existencia nos preparamos para la muerte, pero no para la vida. Por eso pasamos por alto agradecer la independencia que nos da la juventud. La ligereza de unas articulaciones sanas. La tranquilidad de una buena memoria. El placer de una conversación con oraciones subordinadas llenas de complementos. Hasta que de pronto, aunque sabíamos que pasaría, nos ralentizamos. Las oraciones empiezan a ser simples, las palabras, con todo su significado, son sustituidas por «aquello», «esto», «y tal», las lagunas enturbian los recuerdos como una niebla sibilina que lo emborrona todo. Y es entonces que queremos correr hacia atrás sin llegar a ningún lado, como cuando por puro aburrimiento jugamos a subirnos en la escalera mecánica que baja para subir y permanecemos en un quiero y no puedo permanente. No podemos correr hacia atrás. Agarrar los atardeceres del pasado. Volver a los veranos de la infancia. De pronto es invierno en nuestro pelo cubierto de nieve y el frío envuelve de nostalgia cualquier tiempo pasado que siempre nos parecerá mejor. De esto y de mucho más habla el libro de Delphine de Vigan Las gratitudes.
Una novela que nos invita a reflexionar sobre cómo estamos viviendo nuestra vida, sobre cuántas cosas estamos dejando por decir entre los dientes porque ya tendremos tiempo para hacerlo y así vamos tragándonos un te quiero, un te echo de menos o un gracias por todo. Así hasta que ya no hay momento ni lugar para verbalizar términos tan simples que quedaron en el olvido y ahora los regurgitamos con el ácido del arrepentimiento que sube a la garganta y nos quema. Porque todo lo que callamos termina calcinándonos por dentro. Y nos decimos esto no va a pasarme más, pero nos pasa. Porque no nos enseñan a agradecer, a vivir, a disfrutar y a tomar conciencia sincera y humilde de que lo que estamos haciendo, esta piel que habitamos, esta vida alquilada, esta aventura vertiginosa e intensa tiene fecha de caducidad.
Y cuando nos damos cuenta, a lo mejor, no encontramos en el diccionario de nuestra memoria la palabra gracias. Yo no sé si algún día aprenderé a vivir sin tanto miedo (pese a mi valentía), sin tantas dudas (a pesar de las certezas), sin tanta culpa (sin entender de dónde viene), lo que sí sé es que lo nombraré todo, con cada una de sus letras y sus sílabas. Con sus oraciones compuestas, sus complementos directos y circunstanciales. Porque lo que no se nombra deja de existir y a mí me encantaría ser eterna, aunque sea en el recuerdo de una sola persona.
