Notas sobre multiculturalismo

La música en directo convierte 'Sabores del Mundo' en un evento multicultural espectacular. / LP/DLP

Europa parece desperezarse percibiéndose una miniatura demográfica frente a la corpulencia de los grandes estados. Coincide su deriva demográfica y decadencia con el anclaje del multiculturalismo en las sociedades de este apéndice del continente euroasiático. En menor medida en España, ¡cómo no!, también ha despertado. Hubiera sido milagroso haber dispuesto de un set de respuestas teóricas y prácticas, como hubiera requerido un fenómeno político y cultural de esta naturaleza. Pero la improvisación es el modus operandi de una administración desidiosa, marca de la casa. A mi modo de ver, la no actuación permite vía libre al laissez faire, que es lo que, al fin y al cabo, alienta fricciones entre las diferentes comunidades culturales. Pese a su complejidad, la pasividad ante este fenómeno erosiona el vigor de los principios ilustrados en que las sociedades democráticas liberales se sustentan.

Karl Popper en su obra, ya clásica, La sociedad abierta y sus enemigos, expuso los peligros a que se enfrentan las sociedades abiertas. Inferimos que las democracias liberales están en su derecho de salvaguardar los principios ilustrados en que se fundan. Y abanderar como innegociables sus principios fundadores: igualdad ante la ley, separación de poderes, libertad individual y libertad de expresión. Porque desobedecer estos fundamentos compromete su futuro, cuando no su propia desaparición.

Recientemente, un informe de los servicios de estadística del Reino de España calcula que actualmente hay 10 millones de nuevos españoles. Nacidos fuera de sus fronteras. Que proceden de múltiples orbes culturales, de los cuales la más antitética de los valores democráticos son las teocracias. Son cifras que suponen un quinto de la población total, y cuya contribución a la economía es una realidad que, con puntual información, ofrece los servicios de estudios del Banco de España. Un segundo aspecto que se aprecia es la inobjetable influencia de sus efectos, cuya métrica demoscópica y resultados electorales sucesivos y recientes reflejan.

Como teoría, el multiculturalismo ofrece la acogida, incorporación y defensa de identidades culturales agregadas al espacio político y social. Theodor Kallifatides, emigrante de origen griego exiliado en Suecia desde 1964, es un escritor en cuya obra explora su propia peripecia fenoménica y existencial. Magdalena Andersen, otrora primera ministra sueca del partido socialdemócrata, admitió en unas declaraciones que causaron gran revuelo, que el proceso de integración cultural de emigrantes y refugiados había fallado en su país. La tolerancia propia de un sistema pluralista de partidos, como es el sueco, patria del estado del bienestar, inspirada en los principios de la Ilustración había fallado. El modelo de gestión del multiculturalismo aspirante a acoger e integrar culturas variadas en un «nomos» (ley, norma, costumbre) compartido, deriva en salvaguardar ciudadanos diferenciados culturalmente, que propiciar sus propias burbujas culturales.

Las consecuencias de dicha cohabitación se trasladan en forma de tensión social al resto de la comunidad. Sépase sin embargo que los fenómenos políticos son menos casuales que obedientes a pautas bien definidas. Muchos menos cuando dichos efectos disgregativos son advertidos, lo cual ofrece un margen considerable de maniobra. Sépase que este fenómeno no ha sido sobrevenido, sino que le ha precedidos muchas y variadas señales. Sépase, además, que el laissez faire como método dada la complejidad de la cuestión, como vía de evitar conflictos, refuerza la creación de sociedades paralelas.

T. Kallifatides es autor de una brillante y prolífica carrera literaria en lengua sueca y en la que se maneja con maestría. Con cuya lengua se comprometió por solidaridad y respeto a su país de acogida. Galardonado en numerosas ocasiones en Suecia, además de en su país natal, Grecia. Su obra explora el fenómeno de la emigración desde la identidad y la memoria. T. Kallifatides aboga por una integración legal y administrativa de los emigrantes. Pero no solamente. Porque un acto administrativo, al fin y al cabo, es un trámite burocrático. Lo importante y el meollo de la cuestión es el respeto que profesa por la cultura de su país de acogida. De su reflexión y experiencia como emigrante, T. Kallifatides aporta lo que denomina: «acto de voluntad cultural». Esta noción interpela directamente a la conciencia de quienes, expatriándose de sus países de origen en busca de una vida mejor les debe al país de acogida.

Demanda a las minorías culturales emigrantes que cohabitan en el espacio común un acto de voluntad cultural, sin cuya asunción, como resaltó la primera ministra Magdalena Andersen, facilita la creación de comunidades sociopolíticas paralelas. De «nomos» diferenciados. Considera la asimilación cultural del país de acogida por solidaridad y respeto ineludibles. Por solidaridad de pertenecer a la comunidad que los acoge. En el entendido que una comunidad, grande o pequeña, requiere como ingrediente básico que es sentido de pertenencia, sin el cual una comunidad deja de ser comunidad cuando se la vacía del significado que la define, a partir de ese instante el desarraigo deviene de suyo. El sentido de pertenencia persigue, y quiere evitar, el nacimiento de espacios que mimetizan sociedades incompatibles que no han prosperado con éxito en la construcción de una polis.

Es plausible que una comunidad constituida por un conjunto de burbujas culturales disjuntas, cada a su aire, y sin sentido de pertenencia que las englobe, sea disfuncional. Los vínculos se forjan desde bases compartidas, y es la cultura de acogida (lengua, usos y costumbres) la que brinda el tegumento que las liga y en consecuencia allana la base de experiencias compartidas. De otro modo, sin ese bien disponible, es cuestión de tiempo de que la comunidad amplia y de acogida se disgregue. Aumente el desarraigo y desafección de la población y las democracias liberales europeas corran el riesgo de disolverse.


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