El riesgo que vive con nosotros

Trump amenaza con aranceles a quien venda armas a Irán y habla de un cambio de régimen

Se van aclarando las razones que explican la deriva hacia el autoritarismo en las naciones desarrolladas occidentales. La principal de las razones es que el riesgo que vive con nosotros, en los intestinos de la sociedad, se hace insufrible: la convivencia íntima con otro ser humano; tener hijos y que salga bien la cosa; adquirir un crédito hipotecario para una vivienda; tener un salario digno y mantenerse en el puesto de trabajo; estar al día en los conocimientos; usar toda la tecnología de la información habida y por haber; participar en las redes teleco-sociales; consumir mucho, para que se note que somos de un estatus respetable; disfrutar de buena salud, incluso sortear la ansiedad y el pánico que produce no ser un perdedor, un loser, no vaya a ser que un tipo como Donald Trump nos señale por la calle, y nos retire la ciudadanía. El riesgo de sufrir un accidente en un entorno urbano denso, milimetrado, complejo; el riesgo de que la naturaleza se encapriche y descargue agua sin tino, o fuego abrasador en los campos, o mueva las placas tectónicas que hay bajo la tierra, a nuestros pies, y produzca terremotos, erupciones volcánicas, o tsunamis. El riesgo por la vida y por la salud lo sentimos en carne propia y ajena en la pandemia global del COVID-19, de la que nadie se acuerda; también sufrimos todos los días el riesgo de la alimentación industrializada, llena de venenos. El riesgo de ser víctima de la violencia urbana, de la delincuencia organizada, o de la maldad destructiva de personas tóxicas o intoxicadas. El riesgo global de que las guerras modernas, producidas por los líderes fascistas del siglo XXI (por ejemplo: Putin, Trump, o Netanyahou), rompan el delicado equilibrio de los precios y la cadena de suministros, el mercado de valores, el precio del dinero, y todo se vaya para el carajo.

Estas son señales de la sociedad del riesgo, anunciada por el sociólogo alemán Ulrich Beck a partir de los años ochenta, en donde las instituciones tienen cada vez menos control para evitar los riesgos para las que fueron creadas. En consecuencia, se sobrepone la desconfianza en los otros, el descrédito de las administraciones públicas, el resentimiento por los extraños, y el miedo al porvenir, al mañana mismo. En una sociedad así de trastocada, el orden y la seguridad están entre las expectativas más requeridas, con el fin de superar el estado de angustia al que hemos llegado. También, hay una búsqueda de la identidad perdida, la idea de la pertenencia y del amor a la nación, frente al extranjerismo galopante que nos envolvió desde la transición democrática, adoptado a su vez por el peso del complejo provinciano que venía de siglos.

El riesgo acumulado que vive con nosotros ha acabado por hacer girar a muchos ciudadanos electores hacia la ultraderecha. Tal así que ya no es la fe la que mueve montañas, sino el miedo, la incertidumbre petrificada, que acongoja, y empuja a creer y seguir a los vendemotos, a los iluminados, a los patanes, como último remedio frente a tantas amenazas. Resulta curioso que estos líderes advenedizos usen la incertidumbre fabricada para ganar adeptos, por ejemplo: la de la invasión de inmigrantes extranjeros, o la de las vacunas para el control gubernamental, o la de la negación del cambio climático, o peor aún, la negación de la verdad científica. Paradójicamente, una característica de los líderes fascistas modernos es que tratan de esconder la información de los riesgos, o minimizan directamente los daños colaterales que se producen en una sociedad hiperconsumista, compleja, y densificada. Así, las autocracias trasladan la idea de que nadie es responsable, de que los derechos son agua de borrajas, desaparece la línea entre la inocencia y la culpabilidad, y de que el Estado no tiene que ser solidario, sino que los individuos, solos ante el peligro, tienen que apañárselas. Ante esta desarticulación, esta anti-política, el miedo se extiende aún más, debido a la propia negación del riesgo por las autocracias. Hasta tal punto hemos llevado la individualización, la creencia de que solo el individuo debe salir adelante, sin políticas de cohesión social o de cooperación, que ya no nos conmueve el sufrimiento ajeno, sea en la realidad física cotidiana, o en la realidad virtual de los medios de comunicación.

El efecto más dramático del desamparo que el Estado produce, y que deja solo al individuo ante el peligro de las empresas privadas, es la precarización laboral. Veníamos de un modelo de seguridad del empleo a largo plazo, para toda la vida y con derechos inherentes. Eso se acabó hace tres o cuatro décadas. En este tiempo, el empleo se ha convertido en una vara flexible donde los salarios, los horarios, los derechos y otras condiciones se tensan a la baja, individualmente. Si a ello sumamos que el conocimiento y la tecnología participa cada vez más en la producción de bienes, servicios e información (IA), concluimos que buena parte de los asalariados han sido sustituidos, y, también, reubicados en ocupaciones de baja calificación. No más del 30% de los asalariados ocupan puestos de trabajo dignos, mientras un 70% malvive en el riesgo total. Podríamos leer a Lorenza Antonucci, profesora de Sociología en la Universidad de Cambridge, para entender que la raíz del cambio político hacia la ultraderecha, por parte de la clase media, proviene de la inseguridad económica, del riesgo de las condiciones laborales vigentes, que produce desafección, malestar, y miedo al futuro. No son los inmigrantes quienes obtienen los enormes beneficios en esta sociedad opulenta, por el contrario, son la clase alta, los ricos y los multimillonarios quienes acumulan la riqueza generada, y se benefician de las reglas de la sociedad del riesgo.

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