Ojos abiertos-cerrados-abiertos-cerrados |
Imagen de "Los Juegos del Hambre" / ARCHIVO
El año pasado, en mi delirio de obsesión repentina con el romantasy de mi adolescencia, releí Los juegos del hambre, la saga de Suzanne Collins en la que un Estados Unidos distópico, dividido en distritos y encabezado por un Capitolio lujoso y cruel, disfruta de una especie de reality show anual en el que veinticuatro adolescentes deben matarse entre sí hasta que solo quede uno. La saga principal está protagonizada por Katniss Everdeen, una chica del Distrito 12, el que está dedicado a la minería y el más pobre, que se presenta voluntaria después de que en el sorteo escojan a su hermana de doce años. Katniss se enamora de Peeta, el otro joven al que envían a morir a la arena, y yo recuerdo leer los libros y ver las pelis suspirando por ambes (cultura bisexual) y obsesionada con su romance. Cuando me dediqué a volver a pasearme por la historia, solo podía preguntarme cómo no veía yo todo lo duro que me estaban contando y cómo eso no eclipsaba absolutamente las chispitas estomacales que me generaban Katniss y Peeta.
De hecho, algo que me interesó al releer la saga fue justo cómo eso sucede dentro de los propios libros: la gente del Capitolio consume los juegos como nosotres consumimos La Isla de Las Tentaciones, monta fiestas en las que ahí en el fondo hay una pantalla reproduciendo toda esa crueldad y apuesta y tiene tributos favs y no se pregunta nunca por la injusticia de esa burrada que, vista desde fuera, por supuestísimo es una burrada. Es muy interesante que la autora retrate un poco a sus lectores aquí. Al final, por supuesto, Panem ES Estados Unidos, y al hablar de ese futuro distópico que le augura al mundo también está hablando de un presente que llevaría hasta allí. No sé cómo estábamos funcionando en los tiempos en los que salieron los libros de Los Juegos del Hambre, pero a día de hoy lo veo claro y creo que el interés desinteresado por ese reality es una metáfora muy buena del anestesiamiento que vivimos. Las imágenes repetidas ya no se sienten.
Es fuerte esa capacidad que tiene el cerebro humano para acostumbrarse a todo. Da muchísimo miedo y, creo, solo la notamos cuando nos estamos acostumbrando a algo que nos sucede a nosotres, que choca contra nuestros cuerpos. No solemos pensar tanto en cómo recibimos las desgracias de otres, y sin embargo, las recibimos con tibieza precisamente por cómo chocan contra nuestros cuerpos: la sobreexposición nos vuelve insensibles. Y aquí hay un matiz que me parece controvertido. Por un lado, si recibir muchas noticias malas nos va haciendo encajarlas con más frialdad, ¿qué vamos a hacer, ignorar que esas cosas sí suceden y tenemos el deber de saberlas? No. Pero, por el otro lado, ¿será que cómo nos llega esa información importa, que si tenemos esa tendencia natural debemos también responsabilizarnos de ello y no rebasar un cupo que quizá no se lleva cuantitativamente sino cualitativamente? Y quizá esa calidad cualitativa tiene que ver, de hecho, con la propia comunicación anestesiada: no se puede hablar del dolor con abstracciones, no se puede caer en esa inercia deshumanizada y deshumanizante. No se puede ignorar la sensibilidad, nunca.
Leía el otro día que, evolutivamente, las personas «demasiado sensibles» tienen un papel importantísimo. Una persona que no tolera bien la incomodidad, o el dolor, o cualquier otra movida, se vuelve un regulador para el grupo: detecta algo que también afecta a les demás pero que les demás no sienten de forma consciente porque sus mecanismos de supervivencia, en el sentido de lucha, están tan avanzados que ya no sienten del todo. Yo tenía una contractura crónica en el cuello, y no me dolía, y cuando fui a la fisio y se me empezó a curar, me empezó a doler una barbaridad. El cuerpo hace cosas para que podamos seguir adelante, y a menudo son cosas increíbles y mucho más concretas de lo que pensamos. La persona hipersensible es el músculo que sí duele y nos avisa de que así podremos seguir, pero no vamos bien. Por supuesto, la espiral capitalista asquerosa en la que vivimos condena la sensibilidad porque le conviene reducirla: sé más fuerte, sé más racional, no te dejes afectar por eso terrible que lees ahora, disfruta de los juegos como hace todo el mundo y no te preguntes cositas.
Tenemos que dejarnos sufrir por todo lo malo que sucede, y concentrarnos en entenderlo, porque ese es nuestro poder dentro del no-poder, y el sí-poder se alimenta de que no lo ejerzamos. Creo que lo terrible de lo que se ha revelado con los archivos de Epstein, y el hecho de que se evite la conversación pública (verdaderamente pública) sobre ello, evidencia que, por supuesto, cuentan con nuestra estupefacción y silencio. Con que lo vayamos digiriendo y aceptando como algo que está ahí, pasa, qué horror, pobrecita gente, hay que aguantar, pues nada.