Mirar una foto mientras tanto |
Emilia Pardo Bazán, ante su máquina de escribir
Tengo un truco para escribir. No sé si es un truco que puede funcionarle a alguna otra persona que no sea yo, pero a veces lo suelto por si alguien lo pesca y resulta que sí. En algún momento de mi vida me di cuenta de que cierta comodidad al teclear un texto, cierto estar metida en él del todo y chapotear en él y recorrerlo cómodamente (lo que llamaríamos “inspiración”, siendo un poquito bastas), viene a mí si conecto sin querer el texto con alguna de las fotos que tengo colgadas en la pared de mi escritorio. No tiene que ser una foto capaz de ilustrar lo que estoy escribiendo. Es como la energía. Una especie de atmósfera visual, emocional, que se le clava al docx y le da cierta nitidez, o una especie de palito al que agarrarme cuando me estoy cayendo yo del docx y necesito recordarme cómo era que debía sentirme dentro de él. Una foto como un amuleto, como un emblema.
Me pasó por primera vez (consciente) un día que estaba escribiendo algo sobre dos niñas que acababan de volver de la piscina y tenían aún la piel helada y las puntas de los pelos chorreando. La piel toda escamada por todo el cloro alrededor todo ese rato casi todo el día. Por casualidad, tenía en el escritorio una foto mía mordiendo una manzana rojísima a los cinco años. Muy concentrada, con una diadema también roja y un peto vaquero chiquitísimo. Nada de agua, ni de ventilador de techo, ni siquiera de la edad que tenían las protagonistas de aquel cuento. Sin embargo, la foto fue capaz de darme una especie de resumen de la intención que yo tenía con aquel relato: un sentimiento de fondo, o más bien todo un espectro emocional, un agujerito en mi memoria para dejarme caer por él y agarrarlo todo.
Ahora no es que lo busque, pero, cuando sucede, sé que la escritura va a ir bien. Supongo que las fotos se convierten para mí en lo que en otros contextos llamamos “disparadores”, estímulos que nos colocan en un mood concreto desde el que nuestras palabras se moverán. Se gggomitarán. Asegurándonos de que el vómito va a tener un poquito de la consistencia que le queremos dar. Mi consejo apunta más hacia unos disparadores involuntarios, casuales y sin embargo arraigadísimos en nuestra memoria, nuestro tesoro, no toques mi basura *meme de la zarigüeya jedionda escondida en una gaveta jedionda*. Mi consejo, quizá, apunta más hacia hacer uso de la autoficción que nos puebla y nos hincha, nos irrita.
Hay gente que dice que la autoficción “ya no está de moda”, que ahora es una bastada como ponerse pantalones pitillos. Yo me enfado con esto, porque la autoficción, es decir, escribir desde el juego con nuestras vidas y nuestras identidades, entender la escritura como una exploración de lo propio y no solo como una imaginación que a ver hasta dónde llega, es una herramienta política importantísima. De hecho, los primeros textos feministas fueron textos autobiográficos, textos que tensionaron la barrera hasta entonces relajadísima relajadísima entre lo privado y lo público. Textos que demostraron que podía hablarse de lo privado en el espacio público, es más, que podía hablarse con el lenguaje y con la lógica de lo privado en el espacio público: nada que esconder, más bien necesidad de enseñar para que haya justicia para todes. Nada que esconder. La autoficción, que no es exactamente autobiografía, tiene sentido también, me parece, desde ahí: todo lo que escondo puede ser una palabra y todas las palabras pueden ser un anuncio, un discurso, una conversación.
Yo no pienso ya que la autoficción sea esa cosa de “le pones tu nombre a un personaje y lo metes en una historia mimimi”. Yo creo que la palabra “autoficción” designa algo hermosísimo: escribir imaginando, sí, pero partiendo siempre de lo que nuestro universo ya es, de entender que hay una distancia enorme entre lo que sabemos que somos y lo que realmente somos, y usar el tap tap del teclado para rebuscar en nosotras y hallar significados verdaderos. La literatura en general es esto, claro, pero creo que ponernos en “autoficción mode” es hacer una especie de compromiso: no crearé escenarios, intentaré reconstruir los que viví. No escogeré conflictos, indagaré en los que, quiera o no, me han atravesado. Dejaré que una foto mía aleatoria, con todo lo que contiene y yo no sé que contiene, guíe mi impulso de crear otra cosa, fundiré, fundiré, y me rebelaré contra lo que me dice que mi vida y mi mundo no son lo suficientemente interesantes. Creeré en que toda vida contiene todo el universo, toda la ficción del mundo desde ese suelo de piche. No elijo lo que voy a contar, voy, más bien, aprendiendo poco a poco a reconocerlo.