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Cariño y capricho

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sunday

Los padres repiten en voz baja, “no quiero que mi hijo sufra lo que yo sufrí” y sin darse cuenta, mientras le abren todas las puertas, le están quitando la oportunidad de aprender a frustrarse. Piense en un automóvil sin frenos; puede ser el más moderno, el más veloz, el más admirado … hasta que llega la primera curva cerrada; y es algo así con los hijos, avanzar sin límites emociona al principio, pero tarde o temprano la vida pone una curva, y lo que no se entrenó en casa, se cobra fuera de ella. Se ha pasado de la dureza de antes, al “todo para ti, mi amor”; menos hijos, más recursos, más culpas, más prisas, el escenario perfecto para que el niño se convierta en “su majestad el hijo” porque hay quien está confundiendo amor con complacencia. Detrás de la falta de frenos suele esconderse una vieja contabilidad interna, “a mí no me compraban nada, ahora yo le doy todo”. Juegos, pantallas, lujos, permisos adelantados… y es un error, porque es como si al hijo hubiera que compensarle la infancia dura de sus padres. Los niños no están pidiendo que usted pague esa deuda, lo que necesitan es algo menos vistoso, pero más exigente; presencia, coherencia y límites claros; porque cuando un padre dice “sí” para evitar un berrinche, lo que realmente compra es un problema más grande a futuro. “Cómo decir no sin romper el vínculo”. Un hijo necesita aprender que usted puede nombrar la regla antes del conflicto, por ejemplo: “En esta casa se pide con respeto, no se grita” y así, el límite explicado en calma pesa más que el grito desesperado. Sirve ser breve y firme, con un “no” definitivo respire, mírelo a los ojos, diga la frase una sola vez y sosténgala. No negocie bajo berrinche porque si cede cuando hay gritos, enseña que la rabieta es un método eficaz, por eso acompañe la emoción, pero no cambie la decisión. Use consecuencias, no amenazas: “Si insultas, se termina el juego por hoy”, y cúmplalo. La consecuencia debe ser relacionada, proporcional y explicada; coordine con otros adultos de la casa, porque si uno frena y otro acelera, el niño aprende a esquivar límites y no a comprenderlos. Los frenos oportunos son señales de tránsito afectivas, “por aquí sí, por aquí todavía no, por aquí nunca”. Muchos padres temen que un “no” rompa el amor del hijo, sin embargo, lo que si quiebra la relación es la sensación de abandono disfrazada de libertad total. El “no” que se da a tiempo evita humillaciones públicas, explosiones adolescentes desbordadas, conflictos escolares donde nadie lo soporta, por eso, poner frenos es ahorrarle al hijo el choque con un mundo que no gira a su alrededor. Al final, la pregunta incómoda es ¿soy padre o soy proveedor y servidor de “su majestad”? El padre acompaña, sostiene y también frustra amorosamente cuando hace falta, mientras que servir es correr detrás del deseo del hijo para que nunca se incomode.


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