Sobre acción comunicativa
Del diagnóstico depende la terapéutica y, en consecuencia, un mal diagnóstico conduce inevitablemente a una solución inapropiada. Ahora bien, ante realidades o fenómenos complejos, el mejor diagnóstico se construye a partir de la concurrencia de múltiples y variadas miradas -las juntas médicas convocadas para construir una perspectiva más completa de situaciones complejas son un buen ejemplo de ello-.
Lo anterior puede ser claro y evidente para la mayoría de las personas, pero actualmente, cuando predominan los dogmas y los radicalismos, parece que difícilmente se hace conciencia del limitado alcance de nuestras opiniones, interpretaciones o percepciones y sin reparo alguno, ni pudor, como verdades absolutas e irrefutables. Y en lugar de buscar ampliar la perspectiva propia acudiendo y consultando opiniones diferentes, suele suceder que se prefiere conversar y compartir opiniones entre grupos con iguales perspectivas, con quienes se valida y confirma la opinión propia, antes de conversar y hacer el ejercicio y el esfuerzo de comprender miradas contrarias que enriquezcan las perspectivas propias. Los algoritmos de las redes sociales favorecen esta situación al privilegiar las publicaciones alineadas con el sistema de pensamiento y de preferencias de los usuarios.
En este contexto y a propósito del reciente fallecimiento del importante filósofo alemán Jürgen Habermas, bien vale la pena recordar la que se considera una de sus obras más influyente, “Teoría de la acción comunicativa”, en la que expone que las sociedades humanas no se sustentan en el poder político o económico, sino en la capacidad para el diálogo racional. La racionalidad comunicativa de los individuos la diferencia de la racionalidad instrumental en que la primera se deriva del diálogo que busca comprender y no manipular las ideas del interlocutor. En relación con este aspecto, plantea Habermas que la democracia se fundamenta justamente en el esfuerzo de la sociedad por mantener viva y vigente la racionalidad comunicativa en los espacios públicos.
Una mirada a los sistemas de comunicación que se privilegian hoy en el mundo da cuenta de la enorme distancia que existe de un modelo que verdaderamente aporte a la protección de la democracia. Se comunica en función de ideas y perspectivas particulares y en muchos casos, en atención a intereses que por lo general permanecen ocultos. La consecuencia, como lo mencionamos en la columna anterior, es la disminución de los niveles de confianza en los medios, en los gobiernos y hasta en las organizaciones no gubernamentales.
La proliferación de la desinformación, sobre todo en las redes, se ubica, según estudios especializados, en la raíz de esta problemática situación y las medidas desde los gobiernos para evitarlo o controlarlo parece que resultan claramente insuficientes. Todo parece indicar que una de las claves más potente se ubica en las decisiones personales e individuales que se toman a la hora de informarse y de comunicarse. Lo primero es incrementar el nivel de conciencia para tomar el control de dichas decisiones y garantizar que sean personales.
Adicionalmente sugiero, desde mi perspectiva seguramente sesgada, acudir al quinto acuerdo de la sabiduría tolteca: “Sé escéptico, pero aprende a escuchar”, el cual es un recordatorio de que la sabiduría no está en creerlo todo ni en negarlo todo, sino en vivir con discernimiento y apertura. Nos invita a ser libres de las mentiras que nos limitan y a crecer escuchando con respeto y curiosidad. Ocuparse de escuchar las voces diferentes, divergentes, contrarias y asumir el desafío de comprenderlas. Por ahí parece que es el camino.
