Pandora, Eva y María |
Según una leyenda griega todos los males estaban encerrados en una vasija sellada, que los dioses confiaron a la primera mujer, llamada Pandora, sin revelarle su contenido, advirtiéndole que no debía abrirla. Asediada por la curiosidad, ella destapó la vasija y de su interior salieron rápidamente las enfermedades, la pobreza, los dolores, la soledad y la muerte. Veloces se esparcieron por la tierra las desgracias. Solo quedó en el fondo de la vasija o cofre la esperanza que en el apretujamiento de la salida no alcanzó a dejar su encierro. Las desgracias se tomaron el mundo sin esperanza.
Algo similar narra La Biblia en el Génesis cuando anota que en el hermoso Edén, en el cual Dios puso a la primera pareja estableció una condición: no comer del árbol central de dulces frutos atractivos; pero la curiosidad de nuevo oscureció la paz del Edén, pues Eva bajo el susurro de la serpiente tomó uno de los frutos y lo compartió con Adán, pues la viperina lengua de la sierpe les dijo que era mandato egoísta del Creador. Ese día, en medio de ese caos asomó la esperanza con una promesa del Creador: Una mujer aplastaría la cabeza de la dañosa serpiente y brillaría con mayor esplendor la verdad.
En la misma narración de la gesta salvadora para la historia de la humanidad otro luminoso día una humilde mujer de un escondido pueblo de la Galilea regaló la realidad anunciada por la esperanza: ese luminoso y festivo día el Arcángel Gabriel le anunció a María que llevaría en su seno para darlo al mundo al Salvador universal y total, ella era el reflejo de aquella mujer que con su sí aplastaría la cabeza a la serpiente que no dejaba brillar la esperanza.
Unos instantes de silencio mientras ella respondía envuelta en la oración y el amor, su aceptación la convertiría en el cofre dorado que de su vientre santo brotaría Jesús el Salvador, su seno haría posible que la esperanza brillase y regalase a la historia el fulgor de la realidad que sostiene la fe y la esperanza, el amor divino regado para el mundo. La Anunciación hace de la historia iluminada una canción.
Todo el Antiguo Testamento se puso de pie y vio realizadas todas sus esperanzas, lo esperado era ya realidad, lo real era amor, la salvación prometida asomó como el más bello sol en la aurora al aparecer en el lejano oriente de la alta montaña. Música celeste vibró por mares, montañas, desiertos, universo. Tanta belleza anunciada era verdad, toda vacilante caminata era camino, todo desaliento en la oscuridad era luz y verdad. Desde la Santa María Virgen perfecta resonó el nombre sobre todo nombre que estremece cielos y tierra con su obra trinitaria: Jesucristo, el Salvador.