¡No más pieles perfectas! |
Hay una frase que me enoja todas las noches en los comerciales de televisión: “Este producto te ayudará a eliminar las imperfecciones de la piel”. ¿Y desde cuándo la piel es perfecta? ¿Desde cuándo el cuerpo humano alcanzó una versión definitiva de sí mismo? Mi piel es ejemplo de esa batalla silenciosa. Voy al dermatólogo no para borrar quién soy, sino para entenderme luego de años de medicamentos psiquiátricos cuyos efectos llegan hasta lo más notorio de mi apariencia. Confieso que confundí el cuidado con una obsesión por corrección y creí que amar mi piel implicaba domesticarla a una ofrenda de cremas y altos costos emocionales. Amar lo que no es liso exige más carácter que seguir la corriente. Santiago Palacio me ha enseñado algo que ningún comercial vende: que abrazar la piel no es resignarse, sino reconocerla como territorio vivido. Ahí entendí que el problema no era mi rostro o espalda, sino el lenguaje con el que hablaba.........