La paz cambió de objeto social
Humberto de la Calle le reprocha al presidente Abelardo de la Espriella no haber presentado una política de paz: “Quizá cree que no la necesita”.
La observación tendría más fuerza si todavía supiéramos qué significa una política de paz.
Antes se negociaba con guerrillas que decían querer llegar al poder para cambiar el sistema. Después la izquierda llegó por elecciones con un exguerrillero, gobernó cuatro años, obtuvo la bancada más grande del Congreso y estuvo cerca de conservar la Presidencia. El experimento confirmó que para entrar a la Casa de Nariño eran más útiles los votos que los cilindros bomba.
Las organizaciones que permanecieron en el monte no tomaron nota porque la lección no iba dirigida a ellas. Nunca aspiraron seriamente a ocupar la Casa de Nariño. Les basta con controlar corredores, conservar las rentas ilegales y alquilar por sectores al Estado que no logran comprar.
No quieren tomarse el poder. Prefieren subcontratarlo.
Tampoco abandonaron la ideología. La trasladaron al departamento de relaciones públicas.
Es el modelo empresarial colombiano más exitoso: economía ilícita con responsabilidad social revolucionaria.
A estas organizaciones se les ha ofrecido una “política de sometimiento”. La expresión es curiosa. Si van a someterse, no hay mucho qué negociar. Y si van a negociar las condiciones de su sometimiento, quizá los sometidos seamos los demás.
El sometimiento no es una política de paz. Es un asunto penal. Debería comenzar en la Fiscalía y terminar ante un juez. Pero eso resulta demasiado prosaico para un país que convirtió la aplicación de la ley en un fracaso de la imaginación.
Un delincuente común........
