menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Confesiones de un ex-anti-taurino

15 0
21.01.2026

Siempre he desconfiado de esa manía tan humana de convertir una emoción privada en ley de la república. Esa urgencia por agarrar una irritación personal, agitarla un poco y decretar que todo el mundo debe sentir lo mismo para ser decente. Por eso, en mis dilemas morales, casi siempre he preferido no prohibir. No por tibieza, sino por prudencia: he observado que detrás de cada prohibición suele esconderse cierta impaciencia moral, cierta vocación de cruzada, ese impulso que quiere que lo que me molesta a mí se convierta, automáticamente, en obligación para todos.

Y, sin embargo, durante años fui anti-taurino. Y peor: fui un anti-taurino típico, convencido de que estaba del lado luminoso de la historia. Llevaba mi postura como quien luce un distintivo de superioridad ética que, con el tiempo, descubrí que era más bien una medalla de autoindulgencia bien pulida. Todo se resquebrajó el día en que cometí mi primer genocidio accidental.

Iba caminando, distraído, cuando aplasté sin querer un hormiguero entero. De un momento a otro, se hundió bajo mi suela una república subterránea que vivía en paz: decenas, quizá cientos de criaturas “sintientes”, como ahora las llama la legislación, quedaron reducidas a tierra removida. Y nadie protestó. Nadie escribió una columna indignada. Nadie exigió medidas cautelares para proteger aquella ciudad invisible. Ningún político alternativo sintió la tentación de “conectarse” con mi súbita condición de genocida accidental.

Esa indiferencia universal me dio qué pensar. ¿Por qué la muerte ritual de un toro me escandalizaba tanto, pero la destrucción masiva de un hormiguero me dejaba absolutamente intacto, por no........

© La Patria