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Cuando el narcisismo gobierna, hay más ego que liderazgo

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thursday

El progreso de una nación, de una región o de una ciudad no depende únicamente de sus recursos naturales, su economía o su posición geográfica; también depende, en gran medida, de la calidad de sus instituciones, del liderazgo, del carácter y de la visión de quienes ejercen el poder. Cuando el poder se concentra en líderes dominados por el narcisismo, la soberbia y el ego desmedido, el interés público suele quedar relegado. En esos casos, los gobernantes terminan priorizando su imagen personal, su protagonismo político o su interés individual por encima del bienestar colectivo, y el desarrollo del país se resiente.

Este fenómeno suele relacionarse con lo que analistas denominan narcisismo político: una actitud marcada por la necesidad constante de reconocimiento, la escasa autocrítica y la tendencia a tomar decisiones más orientadas a la autopromoción que al interés general. Cuando estas características se instalan en el ejercicio del poder, el liderazgo deja de entenderse como un servicio público y se transforma en un escenario para alimentar el ego del gobernante.

El narcisismo en los líderes políticos nacionales e internacionales actuales se manifiesta en la búsqueda constante de admiración, la dificultad para reconocer errores y la tendencia a rodearse de personas que refuercen su visión sin cuestionarla.

En este contexto, la política corre el riesgo de convertirse en un escenario de protagonismo personal en lugar de un espacio de construcción colectiva de soluciones. Además, los líderes con rasgos narcisistas suelen interpretar las críticas como ataques personales, lo que dificulta el diálogo democrático, debilita la deliberación pública y obstaculiza la construcción de consensos, pudiendo incluso favorecer la concentración del poder y la reducción del espacio para la crítica, con el consecuente debilitamiento de los mecanismos de control propios de una democracia saludable.

Uno de los rasgos más visibles de este tipo de liderazgo es la soberbia. Cuando un gobernante se percibe como superior o infalible, pierde la capacidad de escuchar, aprender y corregir errores. La humildad, una cualidad indispensable en quienes dirigen un país, se reemplaza por una actitud de autosuficiencia que limita el diálogo y la cooperación. Un líder con estas características también suele tener dificultades para reconocer las buenas ideas de los demás. En lugar de valorar propuestas provenientes de expertos, opositores o ciudadanos, tiende a ignorarlas si no refuerzan su protagonismo personal.

Cuando la política se convierte en un escenario para alimentar egos, las verdaderas necesidades de la población: empleo, educación, seguridad y desarrollo regional pasan inevitablemente a un segundo plano. La ciudadanía percibe entonces una creciente distancia entre los gobernantes y los problemas reales del país, lo que alimenta la desconfianza institucional y la polarización política. Frente a este panorama, el papel de la sociedad civil, los medios de comunicación y las instituciones independientes resulta fundamental para equilibrar el poder y exigir rendición de cuentas.

El liderazgo verdaderamente constructivo se basa en la humildad y el servicio. Un buen gobernante no se mide por la cantidad de aplausos que recibe ni por el protagonismo que acumula, sino por su capacidad de escuchar, reconocer errores y construir soluciones colectivas que perduren más allá de su mandato. Pero esa exigencia no depende únicamente de los políticos, también es responsabilidad de los ciudadanos. Cada elección y cada debate público representan una oportunidad para exigir gobernantes que entiendan el poder como un servicio y no como un escenario para alimentar su ego.


© La Patria