Las travesuras de Alfredo Bryce Echenique
El divertido, excéntrico y díscolo narrador peruano Alfredo Bryce Echenique (1939-2026), estrella del post-boom, subió al cielo de los contadores de historias el martes 10 de marzo a los 87 años, con lo que se cierra una época inolvidable de la narrativa latinoamericana del siglo XX, anticipada antes por la muerte en el 2025 de su compatriota y amigo el Premio Nobel Mario Vargas Llosa. Lo vi solo una vez cuando yo era estudiante en la Universidad de París en los años 70, al asistir a una clase suya a la que me llevó una tarde el narrador colombiano Miguel de Francisco, quien lo conocía y admiraba. Disertó esa tarde sobre literatura colonial ante unos pocos estudiantes, les dijo de frente que no podía hablar si no tomaba una botella de coñac, pues era muy tímido y nervioso. Puso la botella en el pupitre y poco a poco iba sirviéndose. No había duda de que Bryce, como lo reconoció muchas veces, tenía un gusto extremado por el alcohol. Consideraba que bajo el efecto del licor podía ser mucho más atrevido a la hora de escribir o revisar sus textos. Y a veces solía corregir bastante alicorado textos que redactó en sano juicio. Era el hermano menor del boom, y sus amigos lo querían por sus travesuras de niño malo y su antisolemnidad. El peruano tenía una sólida formación académica y se doctoró en letras en la Universidad limeña de San Marcos, por lo que ejerció en Francia la docencia universitaria en Vincennes, Nanterre y Montpellier, donde también obtuvo más diplomas. Muy rápido logró la consagración con su novela río Un mundo para Julius (1970) publicada por la editorial Seix Barral, que había lanzado ya a la fama antes a Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Juan Marsé, entre muchos otros autores del momento. En París fue acogido por su amigo el narrador también peruano Julio Ramón Ribeyro, quien con Vargas Llosa y su esposa, la tía Julia, trabajaba en los años 60 en el servicio español de la Agencia France Press. Fue pues un gran afrancesado y disfrutó durante décadas un delicioso y bohemio exilio voluntario en Europa, tras lo cual regresó en 1999 a su país, donde murió. Otros de sus libros son La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985), pertenecientes al díptico Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire, donde despliega su vida parisina y europea, la vida de los latinoamericanos en la capital francesa, los muchos amores y desilusiones y las aventuras y desventuras de un profesor en aquellos años felices e infelices en París. La vastísima obra de Bryce Echenique está marcada por toques de humor, farsa, comicidad, irreverencia y autocrítica de un hijo de la oligarquía peruana que abandona la profesión de abogado que le impuso su padre para optar por la literatura como destino, por lo cual es la oveja negra de la familia y de su clase. Bryce nos alegró a todos con su literatura, que es una ventana abierta a una época lúdica del siglo XX que termina para siempre con él.
