Cuando la guerra olvida el derecho |
La partida del gran filósofo Jürgen Habermas, ocurrida el 14 de marzo del 2026, a los 96 años, nos golpea como un eco doloroso en medio del fragor bélico global. Su vida nos recuerda, con urgencia, que la fuerza bruta jamás suplirá al derecho ni al diálogo en la frágil construcción de la paz mundial. Imaginemos la escena que estremece el alma: un misil de millones de dólares surca el cielo desde un avión que devora fortunas en cada hora de vuelo. Impacta en tierras olvidadas, donde familias sobreviven con migajas diarias, sin pan, sin medicinas, sin un rayo de esperanza. Allí, en la penumbra de la pobreza extrema, irrumpe la devastación: madres que abrazan a sus hijos por última vez, niños que sueñan con escuelas destruidas, ancianos que claman por un mundo menos cruel. Esta paradoja moral nos confronta: ¿cómo una humanidad maestra en prodigios tecnológicos -satélites que vigilan el cosmos, algoritmos que predicen destinos- fracasa en ofrecer dignidad básica a millones? Somos titanes en máquinas, pero débiles en empatía. El derecho Internacional Humanitario, faro de la civilización, surgió para contener la barbarie: sus principios de distinción, proporcionalidad y humanidad exigen separar combatientes de inocentes y vetar ataques que sieguen vidas ajenas al conflicto. Mas la cruda realidad los pisotea: intereses geopolíticos de potencias distantes condenan pueblos a hambrunas, ruinas y tumbas colectivas, mientras en salones blindados se tejen estrategias frías, ajenas al llanto de los heridos. Habermas, custodio de la democracia, nos legó su teoría de la acción comunicativa: solo el diálogo racional legitima el poder; la imposición anula la moral. En un orbe de drones letales y guerras cibernéticas, su voz profética advierte: el poderío armamentístico ahoga al derecho, y la ética se doblega ante la lógica del poder. El avance técnico carece de alma sin una moral paralela. De lo contrario, forjamos una civilización de hierro sin corazón, donde la guerra devora no solo cuerpos, sino sueños colectivos. Exijamos que el derecho sea el dique infranqueable contra la inhumanidad. Porque, cuando la guerra olvida el derecho, mueren pueblos enteros y se apaga la luz de la justicia humana. ¡Colombianos: por la paz nacional e internacional! Unámonos en un clamor unívoco. Exijamos diálogos que curen heridas internas -de guerrillas pasadas a tensiones presentes- y solidaridad global frente a conflictos lejanos. Construyamos puentes de empatía, no trincheras de odio. La paz no es utopía: es deber moral y legado para nuestros hijos. ¡Actuemos ya, por una Colombia y un mundo en armonía!