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Las prisiones de "los criminales"

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thursday

Estando en la selva comprendimos por qué es tan difícil apresar a los guerrilleros y a los mafiosos de la coca en sus laboratorios cuando las fuerzas del Estado utilizan helicópteros. Habíamos quedado que el aparato viniera por nosotros a los ocho días. Desde temprano estuvimos listos esperándolo y hacia las 10:30 de la mañana comenzamos a oírlo. Tardó algo así como 15 minutos o algunos más en llegar. Concluimos que tanto mafiosos como guerrilleros en esas condiciones tienen tiempo de huir.

La segunda vez que estuvimos por tierra en Chiribiquete fue más emocionante. No nos llevaron por aire. Caminamos la selva. El avión nos llevó a Puerto Santander en el río Caquetá. El poblado pertenece al departamento del Amazonas y se encuentra exactamente al frente del poblado de Araracuara, pasando el río Caquetá. Araracuara pertenece al departamento de Caquetá.

La palabra Araracuara, como bien lo sabemos, evoca la famosa prisión de la selva. A donde llevaban a “los peores criminales” del país. Todavía quedan las viejas instalaciones de lo que fue el penal, carcomidas por los gorgojos, la lluvia y el tiempo. En viejas andanzas mías por la selva conocí exprisioneros del penal que al salir se quedaron en la selva. Uno de ellos vivía exactamente en la boca del famoso Raudal del Caquetá y toda su compañía era un miquito, el más pequeño de todos, llamado tití.

Hablar de Araracuara es también hablar de Gorgona, en cuya prisión insular encerraban a “los peores criminales” del país. Yo visité por primera vez Gorgona cuando hacía el tránsito a Parque Nacional en la década de los 80. Se decía que de ambas prisiones era imposible escapar. Que los que lograran hacerlo de Araracuara serían devorados por la selva, como Clemente Silva, el personaje de La Vorágine; y que el que lograra escapar de Gorgona sería plato de los tiburones.

No resisto la tentación de narrar una aventura mía sobre el Raudal del Caquetá, llamado también Cañón del Diablo. Se trata de una angostura del río de seis kilómetros de longitud, 60 metros de altura y 30 metros de anchura. Es un chorro endiablado imposible de navegar. He visto indígenas pescando montados sobre largos y débiles palos que avanzan sobre la corriente, en el punto de salida del Raudal; allí la pesca es abundante. Fue un viaje en avioneta por toda la selva amazónica. Duró una semana y la preparación más de un mes, porque hubo que llevar primero gasolina de avión a diferentes puntos perdidos dentro de la selva.

En ella hay muchas pistas legales unas, ilegales otras. Algunas suelen ser potreros donde la avioneta salta como un potro brincón. Cuando llegamos al Cañón de Araracuara le dije al piloto que nos metiéramos por el hueco del Cañón.

Me dijo que era muy peligroso. Le insistí y el hombre se animó. Entrar por el Cañón le costó esfuerzo a la avioneta, pues había un colchón de aire que no permitía. La avioneta vibraba y al fin pudo penetrar y así, con el aparato estremeciéndose, recorrimos los seis kilómetros del “hueco” y salimos locos y felices.


© La Patria