Venezuela y Cuba: La complicidad del progresismo, por Trino Márquez
La reciente experiencia de Venezuela con la captura de Nicolás Maduro y su esposa cuando dormían en su residencia, y lo que está ocurriendo en Cuba, con un régimen que se deshace en pedazos, arrastrando a la miseria más absoluta a la inmensa mayoría de los habitantes de esa sufrida isla, debería ser suficiente para que los sectores que dicen ubicarse en el campo progresista sean mucho más activos en la defensa de la democracia y los derechos humanos.
Después del fraude cometido por el régimen madurista el 28 de julio de 2024, cuando Edmundo González Urrutia obtuvo la victoria con la inmensa mayoría de los votos -triunfo documentado por la oposición de forma inobjetable- a los gobiernos progresistas de América Latina les correspondía ejercer una presión continua y creciente para impedir que la estafa se consumara. Especialmente, porque luego del atraco se desató una represión feroz contra quienes protestaron por el despojo. A los jóvenes que vieron en ese éxito la posibilidad de reencontrarse con el país, se les castigó con particular brutalidad.
Esa era la obligación política de México, Brasil y Colombia, los grandes países del continente gobernados por la izquierda moderada. No lo hicieron. Claudia Sheinbaum, la presidenta mexicana, optó por el silencio y la indiferencia frente a los acontecimientos, tal como acostumbra. Lula de Silva y Gustavo Petro se manifestaron de forma tan tibia, que sus posturas en nada modificaron el comportamiento de Maduro y sus cómplices. Para lavarse las manos, al final, esos gobernantes se refugiaron en los manoseados conceptos de soberanía popular y autodeterminación de los pueblos. ‘Son los venezolanos quienes deben resolver sus propios problemas’, fue el ajado principio que los tres mandatarios invocaron para desentenderse del espinoso tema y, de esa manera, avalar el robo perpetrado el 28-J contra la soberanía popular, expresada en las urnas electorales contra viento y marea. El único jefe de Estado de izquierda que mantuvo una posición firme ante lo ocurrido fue Gabriel Boric, el jefe de Estado chileno. Sin embargo, al quedar desconectado de los otros mandatarios, su peso específico quedó anulado. Solo no podía emprender ninguna iniciativa significativa.
Con la connivencia del progresismo latinoamericano, Maduro y sus socios consumaron el asalto. Luego ocurrieron los sucesos del 3-E. Entonces, esos mismos gobernantes retomaron las consabidas nociones de inviolabilidad de la integridad territorial y respeto a la soberanía nacional. Pero, ¿Maduro no había cometido previamente un despojo inaceptable? ¿No había violado la voluntad soberana del pueblo, principio democrático inquebrantable? Su delito requería haber emprendido acciones diplomáticas mucho más firmes, que lo obligaran a rectificar o asumir las consecuencias del pillaje.
Con Cuba ha sucedido algo tan grave como lo que pasó con Venezuela, solo que durante décadas. Desde el comienzo de la revolución cubana en 1959, cuando Fidel Castro estaba rodeado de una aureola de héroe titánico, el régimen comunista instalado en La Habana ha perpetrado toda clase de atropellos contra los derechos humanos. Al inicio del proceso fueron fusiladas miles de personas en los paredones. Desapareció el Estado de Derecho. Los opositores carecían de tribunales y jueces independientes que los defendieran. Las cárceles se llenaron de personas a las que se le acusaba de ‘contrarrevolucionarios’, delito que significaba la cárcel o la muerte. Fidel Castro, el Che Guevara y toda la dirección del Partido Comunista Cubano (PCC) se convirtieron en sinónimo de crímenes y abusos. El PCC pasó a ser el único partido legal aceptado. La oposición fue proscrita y condenada al ostracismo. Nunca se han realizado elecciones libres y plurales. Aparte de violar los derechos humanos de forma sistemática, Castro y sus socios destruyeron la economía de la isla más próspera del Caribe a finales de los años cincuenta del siglo pasado. Fidel Castro llegó al extremo de designar a Ernesto Guevara, quien decía ser médico y carecía de todo conocimiento en un área tan intrincada como la economía, presidente del Banco Central de Cuba. Los comunistas arruinaron la sociedad cubana en todos los ámbitos. Durante casi siete décadas, la nación no ha hecho más que empobrecerse. Un tercio de los cubanos se han ido del país, la mayoría a Florida. Gran parte de quienes permanecen en la isla sobreviven a duras penas gracias a las remesas provenientes de Estados Unidos. Durante décadas, Cuba se mantuvo a flote gracias a los subsidios que recibía de la desaparecida Unión Soviética. Luego, de la creciente ayuda que le brindó Hugo Chávez, primero, y luego Maduro.
El desastre que ha sido Cuba durante siete décadas no ha querido ser visto por el progresismo latinoamericano, ni mundial. El régimen ha contado con la benevolencia y apoyo político de la inmensa mayoría de la izquierda progresista.
Ahora la isla, convertida en escombros por el castrismo, se encuentra al borde de ser intervenida por el gobierno de Donald Trump, quien está forzando un cambio de régimen, y no de la mejor manera, sino de la única forma posible: asfixiando a la cúpula del régimen y, de paso, a los humildes ciudadanos. El progresismo mundial ha sido un cómplice activo de la masacre cometida por el castrismo contra los cubanos.
Venezuela y Cuba son una pequeña muestra de la aquiescencia del progresismo con los desmanes del autoritarismo.
PD: ¡Qué emocionante el juego final del Clásico Mundial de Béisbol y qué alegría tan grande le proporcionaron al país esos jóvenes peloteros! ¡Viva Venezuela!
@trinomarquezc
