Robert Carmona-Borjas: Cuando la soberanía se convierte en coartada

Hubo un tiempo en que una puerta cerrada gozaba de un prestigio casi absoluto: el hogar era tratado como territorio inviolable, incluso cuando toda la calle podía oler el humo. La vida civil aprendió —a veces tras tragedias repetidas— que ciertas señales transforman la prudencia en deber. Cuando alguien grita “fuego” y los indicios son verificables, no se le pide a la casa que “autorice” el rescate: se actúa para confirmar y contener, porque el daño no se queda dentro de las paredes. La regla no se rompe por capricho; se reordena por una razón superior: la prevención de un daño grave e inminente. A partir de ese punto, decir “no puedo entrar; es un asunto interno” deja de sonar a respeto y empieza a sonar a abandono.

El derecho internacional está sometido a una presión similar. El orden antiguo fue concebido para un mundo que podía, de manera plausible, alegar distancia: un mundo en el que la opacidad permitía que la crueldad permaneciera localizada y la soberanía pudiera tratarse como una frontera estable entre la preocupación y la indiferencia. Pero el mundo contemporáneo es menos tolerante con la invisibilidad. La evidencia viaja. El testimonio circula. Los patrones pueden reconstruirse a partir de fragmentos que antes se perdían en el miedo. En este contexto, las reglas no solo gobiernan la conducta; también anuncian qué está dispuesto el mundo a tratar como real. Cuando la realidad se vuelve legible, la evasión se vuelve más ruidosa. Y el lenguaje que antes sonaba principista puede empezar a sonar como una coartada.

El derecho internacional cambia del mismo modo que cambia una costa: no por decreto, no en un instante esclarecedor, sino por la insistencia constante de fuerzas que no piden permiso. El jurista que espera revoluciones a partir del puro argumento confunde el medio en el que el derecho existe. El derecho no es solo un sistema de proposiciones; es una disposición de expectativas, una disciplina de contención, un vocabulario público mediante el cual el poder se explica ante quienes deben vivir bajo él. Cuando la experiencia se vuelve intolerable, el vocabulario se ajusta o revela su verdadera función: no contener la realidad, sino dignificar la negativa a enfrentarla.

Durante gran parte de la era moderna, el orden internacional ofreció una promesa a la vez modesta y, precisamente por ello, honorable: reducir las ocasiones de conflicto tratando la soberanía como premisa fundamental. El Estado era la unidad más relevante. El consentimiento era el método que lo vinculaba. El territorio era el límite de la preocupación legítima. El impulso moral detrás de esa arquitectura no era el desprecio por las personas; era el miedo a la conquista. Si se dificultaba la intervención, quizá se reduciría la depredación. Si se organizaban reglas en torno a la contención, quizá se protegería la paz frente al apetito de los fuertes.

Sin embargo, una doctrina puede ser defendible en su origen y volverse peligrosa en su uso. La soberanía, invocada con la solemnidad de una palabra sagrada, puede dejar de ser protección y convertirse en ocultamiento. Puede transformar el interior de un país en una cámara donde las lesiones que desfiguran la vida humana se tratan........

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