Antonio de la Cruz: Venezuela y el espejo roto del interinato |
Existe un concepto poco transitado fuera de los círculos académicos que, sin embargo, ilumina con notable precisión ciertos virajes históricos que, vistos en retrospectiva, parecen súbitos. Es la llamada Ventana de Overton.
Su premisa es sencilla, aunque sus implicaciones son profundas: toda sociedad delimita un campo de lo pensable. Dentro de ese campo habitan las ideas aceptables; fuera de él, lo impensable. Pero ese perímetro no es fijo. Se desplaza. Y en ese desplazamiento, lo que ayer parecía radical termina volviéndose razonable; lo que se juzgaba imposible acaba adoptando la forma de lo inevitable. Las grandes transformaciones políticas no nacen en los decretos ni en los palacios, sino en una mutación previa: la de lo que una sociedad considera normal.
La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes. La caída del Muro de Berlín, el fin del apartheid o las transiciones en Europa del Este no comenzaron con reformas institucionales, sino con una alteración silenciosa en la imaginación colectiva. Primero cambió la expectativa; después, la realidad.
Venezuela parece asomarse a un momento análogo.
Durante años, el país fue narrado —y en buena medida asumido— como un sistema inmóvil. Había elecciones, negociaciones intermitentes, ciclos de sanciones más o menos severas. Pero el núcleo del poder permanecía inalterado. Se instaló así una idea persistente: el poder podía erosionarse, pero no transformarse. Cada crisis, lejos de abrir una grieta, terminaba reforzando la sensación de permanencia.
Sin embargo, las sociedades no se sostienen únicamente sobre instituciones; también se organizan en torno a símbolos. Y cuando los símbolos se reconfiguran, el poder comienza a desplazarse antes de que los gobiernos lo........