Roosevelt: Un bronco en la Casa Blanca II, por Orlando Viera-Blanco

“Más de un siglo después Theodore Roosevelt sigue recordándonos que la vida debe vivirse con vigor y honor. Como las montañas que admiraba y los bosques que ayudó a preservar, su legado se levanta al paso del tiempo: un monumento no de piedra ni de bronce, sino de voluntad, servicio y carácter”

Cuando pienso hoy en Roosevelt no recuerdo solamente al presidente, al guerrero o al reformista. Recuerdo al hombre que convirtió su fragilidad en fuerza y su vida en una batalla permanente contra la mediocridad, el miedo y la resignación_

Antes de Theodore Roosevelt, la presidencia estadounidense era un despacho. Después de Roosevelt, la Casa Blanca se convirtió en el centro del poder mundial.

Nunca olvidaré aquella madrugada del 14 de septiembre de 1901.

La noticia llegó como un disparo que atravesó la montaña. Theodore Roosevelt se encontraba en North Creek, descendiendo apresuradamente desde Adirondack después de haber recibido informes contradictorios sobre la salud del presidente William McKinley. Horas antes todos pensaban que sobreviviría al atentado en la Pan-American Exposition de Buffalo. Pero el anarquista Leon Czolgosz había cambiado el destino de América.

Theodore Roosevelt con sólo 42 años asumiría lo que el destino había reservado a él y a su nación: Ser Presidente de EEUU y convertirla en la primera potencia del mundo. Un legado que aún vive.

La gran tragedia, las grandes batallas, el bronco salvaje.

Recuerdo perfectamente el silencio de Roosevelt cuando leyó el telegrama confirmando la muerte de McKinley. No habló durante varios minutos. Miró hacia los bosques oscuros, respiró profundamente y finalmente dijo: “_Una gran tragedia ha caído sobre la nación_.”

Viajamos toda la noche hacia Buffalo. Theodore comprendía que el país no sólo había perdido un presidente; había entrado en una nueva era. Cuando juró como presidente [26] de los EEUU en la casa de Ansley Wilcox con apenas 42 años, se convirtió en el presidente más joven de la historia americana. Muchos republicanos conservadores estaban aterrados.

Lo recuerdo entrando al salón con una mezcla extraña de solemnidad y energía contenida. No parecía un hombre que hubiese alcanzado el poder. Parecía un hombre preparándose para una batalla. Y en efecto lo era.

Los viejos dirigentes republicanos, encabezados por el senador Mark Hanna, desconfiaban profundamente de Roosevelt. Lo consideraban impulsivo, impredecible, demasiado independiente. Temían que destruyera la alianza entre Wall Street, las corporaciones y el Partido Republicano que había dominado la política estadounidense desde la Guerra Civil.

Uno de sus detractores me confesó una noche en Washington: “Ese hombre [Roosevelt] es un bronco salvaje. No podremos controlarlo.” Tenían razón. Desde el primer día Roosevelt entendió algo fundamental: la presidencia no debía ser un cargo administrativo sino un instrumento activo de transformación nacional.

La Casa Blanca cambió inmediatamente. Hasta entonces era una residencia ceremonial y distante. Theodore la convirtió en un hervidero político. Periodistas entrando y saliendo, asesores discutiendo estrategias, diplomáticos extranjeros aguardando reuniones improvisadas, oficiales militares consultando mapas del Caribe y el Pacífico.

Roosevelt vivía la presidencia como un soldado vive una campaña militar. Dormía poco. Leía compulsivamente. Dictaba cartas a velocidad frenética. Cabalgaba en las mañanas, boxeaba dentro de la Casa Blanca y caminaba como un huracán por los pasillos.

Recuerdo que una tarde, mientras observábamos desde una ventana del ala oeste [_West Wind_] me dijo: “_No hay nada más solitario que la presidencia. Pero tampoco existe mayor oportunidad para hacer historia_.” Y Theodore quería hacer historia todos los días.

Muy pronto inició su guerra contra los monopolios. EEUU vivía dominado por gigantes corporativos: ferrocarriles, bancos, compañías petroleras y conglomerados industriales acumulaban riquezas inmensas mientras millones de trabajadores sobrevivían en condiciones miserables.

Roosevelt decía constantemente: “_No estoy........

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