Miguel Méndez Fabbiani: ¿Es Delcy una “Pitiyanqui”? |
El término “pitiyanqui” pertenece a esa fauna verbal de la política hispanoamericana donde la retórica se vuelve una indiscriminada arma arrojadiza. El término es casi un vituperio, denuesto y escarnio simultáneos. La palabra, según el consenso filológico, surge de la contracción entre “petty” (pequeño, insignificante en inglés) y “Yankee”, designación popular de los estadounidenses en tierras tropicales.
Así, el pitiyanqui es, en la jerga de las izquierdas más inflamadas, el individuo que “rinde obediencia servil a Washington: un vasallo voluntario del poder norteamericano, un acólito del dólar, un cortesano de la Casa Blanca en su país.” Durante el siglo XX el término fue usado con fruición por diversas corrientes revolucionarias que veían en los Estados Unidos a una Roma hemisférica. En su retórica, el pitiyanqui no era simplemente un aliado diplomático del norte; era algo más ignominioso: un lacayo, un cuitado, un adlátere sumiso dispuesto a trocar su sacrosanta soberanía territorial por toda laya de favores dinerarios imperiales.
En la tradición discursiva del socialismo castrista caribeño, el pitiyanqui es el opuesto simbólico del revolucionario antiimperialista. El primero suplica benevolencia al poder extranjero; el segundo proclama “independencia” radical con tono hierático y tremolante. Y, sin embargo, como enseñaba la vieja dialéctica política, nada es más fértil en ironías que la historia de la «realpolitic”de la subregión caribeña.
En los círculos del poder venezolano comenzó a susurrarse que la propia Delcy Rodríguez, heredera del discurso paterno más inflamado del chavismo, habría abierto discretos canales de comunicación con Washington durante los meses previos al colapso militar........