El largo regreso de José Antonio Páez, por Luis Alberto Perozo Padua

La muerte de José Antonio Páez en Nueva York, el olvido de sus restos durante quince años y las extraordinarias honras militares que Estados Unidos rindió al antiguo caudillo venezolano antes de su regreso definitivo a Caracas conforman uno de los episodios funerarios más singulares y conmovedores de la historia republicana venezolana. La reconstrucción de este itinerario histórico ha sido enriquecida con nuevos aportes documentales y testimoniales consultados al historiador Wilfredo Bolívar, riguroso biógrafo de Páez

El reloj marcaba las 7:25 de la mañana del 6 de mayo de 1873 cuando el entorno más cercano de José Antonio Páez comprendió que el viejo general acababa de morir. Tenía 82 años.

Horas más tarde la noticia comenzó a recorrer Nueva York. El hombre que había comandado la carga de Las Queseras del Medio, inclinado la balanza en Carabobo y presidido tres veces la República expiraba lejos de la tierra cuya independencia ayudó a forjar, en medio de estrecheces materiales que contrastaban dolorosamente con la grandeza de su nombre.

Sus últimos años fueron los de un destierro silencioso. Desde 1863 residía definitivamente en Estados Unidos, tras el fracaso de su último intento de restauración política en medio de las convulsiones de la Guerra Federal.

Habitaba modestamente en el sector de Astoria, obligado incluso a abandonar la vivienda marcada con el número 42 de la calle 20 Este porque el propietario reclamaba el inmueble. Su situación económica era precaria. Los recursos que esporádicamente le llegaban desde Venezuela resultaban insuficientes. Parte de sus rentas quedaban bajo control de su esposa, doña Dominga Ortiz, mientras apoderados y administradores litigaban entre sí por utilidades cada vez más menguadas de propiedades dispersas.

A ello se sumaba una demanda por el dominio de una residencia en Puerto Cabello y la lenta espera de una pensión solicitada al gobierno de Bogotá. Para sobrevivir debió contraer un préstamo de trescientos pesos, pagaderos mediante un relacionado en Buenos Aires, el señor Carranza. La carencia lo azotaba sin piedad.

Desconsolado por aquella penuria, llegó a expresar con amarga ironía que, llegada la hora, deseaba que lo “enterraran por subvención”.

Pocos días antes de morir escribió una carta que hoy parece un testamento moral:

“En el ocaso de mi vida y debilitadas mis fuerzas, no me es dado, a mi pesar, contribuir activamente al bien de mi país y sólo puedo dar los consejos de la experiencia y estimular con ellos a todos los que tengan la dicha de cooperar para alcanzarla”.

Entre la leyenda y el certificado médico

La causa exacta de la muerte de José Antonio Páez continúa rodeada de versiones contradictorias.

Durante décadas prevaleció la tesis romántica de una bronconeumonía adquirida tras uno de sus habituales paseos a caballo por Nueva York. Según el biógrafo Vitelio Reyes, el New York Herald atribuyó el fallecimiento a “una bronconeumonía adquirida luego de un paseo a caballo por Nueva York”, hipótesis repetida posteriormente por numerosos historiadores.

Décadas más tarde, el historiador Alirio Gómez Picón recogería en Páez a través de la Historia otra frase atribuida al mismo........

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