Libres pero vigilados: las cicatrices invisibles del miedo en la Venezuela post-Maduro, por Dayana Cristina Duzoglou Ledo

“El poder totalitario no se conforma con que obedezcas: necesita que pienses como él, incluso cuando ya no está.”

Venezuela atraviesa una transición que, aunque histórica, sigue marcada por una herencia más difícil de erradicar que cualquier estructura política: el miedo. La caída del poder no implica necesariamente la desaparición de sus efectos más profundos.

Hay algo profundamente incómodo en decir que Venezuela es libre. En teoría, lo es. El 3 de enero de 2026 marcó un punto de quiebre: la captura de Nicolás Maduro Moros y Cilia Flores cerró formalmente uno de los capítulos más oscuros de nuestra historia reciente. Por primera vez en décadas, el país parecía asomarse a la posibilidad real de cambio.

Pero Venezuela nunca ha sido un país de transiciones simples.

Porque aunque el símbolo del poder haya caído, las estructuras que lo sostuvieron no desaparecen de inmediato. Se transforman. Se adaptan. Y en ese proceso, hay algo que permanece casi intacto: el miedo.

Se percibe en lo cotidiano. En las conversaciones a media voz. En la cautela excesiva. En la manera en que todavía medimos cada palabra, incluso cuando nadie parece estar escuchando. Durante más de dos décadas no solo vivimos bajo un sistema autoritario; aprendimos a vivir dentro de él. Nos atravesó. Nos moldeó. Nos enseñó que opinar podía tener consecuencias, que confiar podía ser un riesgo, que decir lo que uno piensa podía costar demasiado.

No era paranoia. Era supervivencia.

Hoy, en esta transición ambigua —donde el poder no ha desaparecido........

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