David Mendoza: ¿Transición o transacción?
Hay muchas certezas que quedaron al descubierto el 3 de enero de 2026. Una de ellas: Estados Unidos sí se atrevió a usar su capacidad militar para alterar el equilibrio del poder en Venezuela. Ese día cayó la tesis del levantamiento del pueblo en armas contra el invasor y del surgimiento de un movimiento gigantesco de los pueblos del mundo en favor del déspota, como señalaban sus lava calzones. El vértice del poder fue alcanzado, extraído y removido en cuestión de horas, sin que mediara ni un triqui traqui por parte del para entonces ministro de defensa, hoy pasado a la clandestinidad del ministerio de agricultura y tierras, con chiva de guerrilla sesentona y todo.
Sin embargo, el dato político que define el presente es lo que ocurrió al segundo siguiente: la estructura sobrevivió. Esa paradoja exige liquidar cualquier ilusión analítica. No estamos ante una transición democrática ni ante la resistencia heroica de un régimen que se sostiene por fuerza propia. La realidad es mucho más seca y categórica: a este gobierno lo mantiene en pie Estados Unidos. No es una hipótesis ni una metáfora. Es una mecánica de poder.
Después del 3 de enero, el gobierno venezolano quedó reducido a lo que siempre ha sido en su etapa terminal: un muerto en vida gracias a los aparatos a los cuales lo mantienen conectado —como describí en su momento en “El caso del señor Valdemar”—, desprovisto de respaldo popular, sin solvencia financiera y con una capacidad nula para movilizar a la sociedad en su defensa. En condiciones normales de gravedad política, una estructura en ese estado de vulnerabilidad absoluta es un objetivo inmediato. No hace falta una invasión masiva; basta un soplido para que el castillo de naipes se desplome. Si nadie ha soplado la vela no es porque el edificio sea fuerte. Es porque todo el mundo sabe quién la mantiene encendida.
Estados Unidos no necesita gobernar Venezuela ni transferirle legitimidad para sostener a su junta administradora. Le basta con colocar sobre ella una campana de vidrio. Su capacidad de intervención y su posición en el sistema regional hacen que ningún actor relevante pueda ignorar el costo de intentar alterar por su cuenta el equilibrio posterior al 3 de enero. La protección de la potencia sustituye a la fuerza interna que el chavismo ya no posee. Por eso la pregunta correcta no es por qué el gobierno no cae, sino qué obtuvo Estados Unidos —o algunos de sus interlocutores— a cambio de decidir que no caiga. Ahí es donde la operación del 3 de enero deja de ser un evento militar para adquirir una dimensión transaccional de alcance geopolítico mucho más profunda.
Lo que se sabe
Antes de la captura de Maduro, existían conversaciones entre sectores de la administración Trump, Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez. The Guardian reportó, citando cuatro fuentes, que los Rodríguez enviaron mensajes a funcionarios de Estados Unidos y Qatar, a través de intermediarios, garantizando cooperación con Washington una vez Maduro fuera removido. Las comunicaciones comenzaron en el otoño de 2025 y se intensificaron después de que Trump exigiera a Maduro, en noviembre, que dejara el poder. Para diciembre, Delcy Rodríguez envió un mensaje claro: “Maduro tiene que irse”. Otra fuente la citó diciendo: “Trabajaré con lo que sea el después”.
The Washington Post informó que el Vaticano intentó negociar una salida. El cardenal Pietro Parolin convocó al embajador estadounidense en Nochebuena para........
