La imaginación volando, por Antonio Ledezma |
Desde mi infancia en San Juan de los Morros, el Cerro Platillón no era simplemente una montaña. En mi imaginación de muchacho era el techo del mundo, una presencia azulada y majestuosa que parecía sostener el firmamento guariqueño. Aquellos 1.930 metros no eran una cifra; eran la cima de una escalera hacia el infinito, el centinela eterno que vigilaba al pueblo desde la Serranía del Interior.
Me veía a mí mismo convertido en papagayo, soltando amarras desde la tierra caliente para elevarme con el viento. Desde ese vuelo imaginario, el paisaje se desplegaba como un tapiz bendecido: la imponente silueta de Los Morros emergiendo como vigías de piedra. En otro costado del pueblo permanecía el Monumento a San Juan Bautista erguido sobre la llanura; la inmensidad del llano extendiéndose hasta rendirse ante la montaña y sus santos.
Luego descendía en suave acrobacia hacia la Plaza de los Samanes. Bajo esas cúpulas verdes —esas verdaderas bóvedas naturales que filtraban la luz y cobijaban las fantasías— la política era una cátedra al aire libre. Allí el aura olía a tierra fresca y a esperanza. Los discursos de los candidatos presidenciales subían como humo entre las frondas, mezclándose con los anhelos de justicia de un país que creía en sí mismo.
Al mirar hacia el norte, el Monumento Natural Cerro Platillón regalaba su neblina y el murmullo de........