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Antonio de la Cruz: Cuando el petróleo deja de ser un botín y vuelve a ser un sistema

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La historia del petróleo demuestra que los recursos por sí solos no crean poder ni prosperidad; son las instituciones, las reglas y la capacidad de gestionarlos las que determinan si un país transforma riqueza geológica en estabilidad duradera

En la larga historia del petróleo, los momentos de inflexión rara vez nacen de la geología. Surgen, más bien, cuando el poder político, el marco legal y los flujos de capital se reordenan al mismo tiempo. Venezuela se encuentra hoy exactamente en uno de esos puntos críticos: un país con las mayores reservas probadas del mundo, pero con una industria incapaz de convertir ese potencial en estabilidad económica, producción sostenida o confianza internacional.

El debate actual sobre el futuro del petróleo venezolano no gira en torno a si el crudo existe —eso está fuera de duda— sino a si puede volver a operar como un sistema funcional. Un sistema en el que invertir tenga sentido, producir sea técnicamente viable, exportar sea logísticamente seguro y cobrar no dependa de favores políticos ni de mecanismos opacos. En otras palabras, si el petróleo puede dejar de ser un botín y volver a ser una industria.

El estado real de la industria: más allá del subsuelo

La industria petrolera venezolana es hoy un caso extremo de deterioro acumulado. Dos décadas de desinversión, mala gestión, politización y pérdida de capital humano dejaron una infraestructura envejecida, con miles de pozos inactivos, instalaciones corroídas y una cadena de servicios fragmentada. La producción, que alguna vez superó los 3 millones de barriles diarios, se mueve ahora en una franja muy inferior, pese a contar con una base de recursos que pocos países pueden igualar: más de 300.000 millones de barriles.

Pero el problema no es solamente técnico. Existe un pasivo institucional profundo: expropiaciones, arbitrajes internacionales, deudas con contratistas, compromisos con acreedores y un historial de cambios unilaterales de reglas. Todo esto convirtió al país en un territorio donde el riesgo no se mide solo en puntos porcentuales, sino en la posibilidad misma de ejecutar un proyecto sin interrupciones abruptas.

Para cualquier empresa energética de escala global, actualmente, el dilema venezolano no es si el barril puede salir del subsuelo, sino si el capital puede entrar y permanecer sin quedar atrapado.

Un nuevo rediseño: comercialización y control externo

En este........

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