¡El liderazgo se construye, no se hereda!

En tiempos electorales y de renovación política, una idea suele repetirse con demasiada ligereza: que el liderazgo puede heredarse. Basta con llevar un apellido reconocido, provenir de una familia tradicional en la política o haber crecido cerca del poder para suponer que el camino está allanado. Sin embargo, esta premisa no solo es equivocada, sino peligrosa para la democracia. El liderazgo auténtico no se transmite por la sangre; se construye con hechos, coherencia y trabajo social.

Es comprensible que los hijos, hijas o familiares de líderes políticos sientan interés por la vida pública. La política, bien entendida, es una vocación legítima y necesaria. Incluso, muchos padres sueñan con que sus hijos continúen ese camino. No hay nada reprochable en ello. El problema surge........

© La Opinión