Es posible aplicar una Globalización inversa: ¿cooperación o debacle industrial? |
Releyendo lo que se me ha hecho costumbre con los años, a Joseph Stiglitz en El malestar en la globalización, resulta inevitable pensar que el debate actual no es nuevo, pero sí más urgente. Stiglitz nos ha advertido que la globalización, mal gestionada, genera ganadores concentrados y perdedores dispersos, y no es para nada lejano a la realidad que estamos viviendo. Hoy, el nuevo paradigma de fabricar productos con materias primas e insumos chinos, desde el hilo o hilaza hasta las telas que usamos en Colombia, nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿estamos ante una cooperación global eficiente o ante un dilema del prisionero industrial?
En mi columna anterior sobre el dilema del prisionero, señalaba cómo decisiones individuales racionales pueden producir resultados colectivamente desastrosos. Algo similar ocurre con la dependencia masiva de insumos chinos. Para un empresario textil colombiano, importar hilo más barato puede parecer una decisión estratégica correcta, incluso si viene de un consultor como yo admirable: reduce costos, compite mejor en precio y sobrevive en el corto plazo. Pero si todos hacen lo mismo, el resultado es el debilitamiento estructural de la industria nacional de fibras, hilaturas y tejidos. Y eso mis queridos lectores, aplica para todo mercado, sin excepción.
El caso del sector textil en Medellín no es anecdótico. Históricamente, Antioquia fue un referente industrial en América Latina. Hoy, gran parte de la cadena productiva depende de insumos importados. Cuando el hilo viene de Asia y la tela también, la confección nacional deja de ser industria integral y se convierte en ensamblaje con valor agregado marginal. El margen se comprime, el empleo industrial se precariza, los salarios se ajustan al mínimo (el del 23.7%) y la base tecnológica se erosiona.
No se trata de demonizar a China ni de ignorar que su competitividad responde a economías de escala, subsidios estratégicos y planificación estatal de largo plazo. Se trata de preguntarnos si la apertura irrestricta, sin política industrial inteligente, termina afectando de manera casi irreversible el tejido productivo colombiano.
En otra de mis columnas, sobre “dejar de consumir”, planteaba que las decisiones individuales no pueden analizarse aisladas de los incentivos meramente sistémicos. Lo mismo aplica aquí: el empresario no importa por capricho, importa porque el sistema de precios lo empuja a hacerlo. La globalización creó cadenas de valor donde el costo inmediato pesa más que la resiliencia estructural.
La pandemia que no abandona mi mente ya nos dio una lección de la que no aprendimos nada. Cuando las cadenas logísticas se rompieron, descubrimos que depender excesivamente de un solo proveedor global nos vuelve vulnerables. El debate actual sobre “nearshoring”*, relocalización y soberanía industrial no es proteccionismo romántico; es gestión de riesgo estratégico.
¿Es hora de desglobalizar? Tal vez la pregunta esté mal formulada. No se trata de cerrar fronteras, sino de redefinir la integración. Una globalización sin reglas claras y sin compensaciones internas genera el malestar que describía Stiglitz: trabajadores desplazados, regiones industriales deprimidas, una creciente percepción de injusticia y del otro lado de la balanza una población de mano de obra barata explotada a mas no poder.
Colombia necesita algo más sofisticado que aranceles reactivos o discursos ideológicos, un día cantando el renacimiento de la Gran Colombia y al otro atacando a su vecino ecuatorial. Requiere política industrial moderna: incentivos a la innovación textil, fortalecimiento de proveedores locales, educación de calidad en comercio exterior, actividades de internacionalización estatal de la mano de Procolombia, encadenamientos productivos, compras públicas estratégicas y acceso a crédito para modernización tecnológica. La competencia no debe basarse únicamente en precio, sino en calidad, servicio al cliente, sostenibilidad, innovación y diferenciación.
* Es una estrategia empresarial de externalización que traslada la producción o servicios a países geográficamente cercanos al mercado final, en lugar de localizaciones lejanas (offshoring).
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