¿De verdad hubo grandes científicos aquí? |
Investigadores. / Comunidad de Madrid
A veces pensamos que la ciencia ocurre siempre lejos. En laboratorios gigantes, en universidades extranjeras, en lugares que salen en documentales o en películas. Y sin embargo muchas de las ideas que han cambiado nuestra forma de entender el mundo también tienen raíces bastante más cercanas. Algunas, incluso, en esta tierra.
Castilla y León ha dado más científicos de los que solemos recordar. Quizá porque aquí la ciencia no suele presumir demasiado de sí misma. Ha sido más bien discreta, silenciosa, como tantas cosas en estas provincias.
Uno de los nombres inevitables es el de Santiago Ramón y Cajal. Su relación con Castilla y León no es anecdótica. Durante varios años ejerció como profesor en la Universidad de Valladolid, y allí continuó desarrollando ese trabajo paciente y casi obsesivo que acabaría cambiando la historia de la neurociencia. Sus famosos dibujos de neuronas, que hoy siguen apareciendo en manuales de todo el mundo, no eran simples ilustraciones. Eran observación científica en estado puro. Con ellos demostró algo que hoy parece obvio pero entonces era revolucionario. El cerebro no es una red continua, sino un conjunto de células individuales que se comunican entre sí. Aquel descubrimiento le valió el Premio Nobel en 1906. El primero para un científico español.
Curiosamente, de joven Cajal quería ser pintor. Su padre, que era médico, lo empujó hacia la ciencia. Al final acabó combinando ambas cosas sin saberlo. Sus preparaciones microscópicas y sus dibujos tenían una precisión casi artística. Quizá por eso veía donde otros no veían nada.
Otro nombre muy ligado a esta tierra es el de Pío del Río Hortega, nacido en la localidad vallisoletana de Portillo. Fue discípulo de Cajal y uno de los grandes cerebros de la llamada escuela neurohistológica española. A él le debemos el descubrimiento de dos tipos fundamentales de células del sistema nervioso, la microglía y los oligodendrocitos. Dicho así suena técnico, pero esas células son hoy clave para entender procesos neurológicos, desde lesiones cerebrales hasta enfermedades degenerativas. No tuvo una vida fácil. La Guerra Civil lo empujó al exilio y terminó trabajando en distintos países. Aun así su legado científico sigue plenamente vigente.
Si uno retrocede más en el tiempo aparecen figuras que mezclaban ciencia, técnica y arte con bastante naturalidad. Un buen ejemplo es Juan de Herrera, el arquitecto del imponente Monasterio de El Escorial. Se le recuerda sobre todo por su arquitectura sobria, pero Herrera era también matemático, ingeniero y estudioso de la geometría. Para él los edificios no eran solo construcción. Eran proporciones, cálculos, equilibrio. Una especie de física aplicada en piedra.
Y luego hay figuras que, sin ser científicos en sentido estricto, ayudaron a mirar el mundo con ojos más atentos. Pienso por ejemplo en Miguel Delibes. Vallisoletano, observador incansable del paisaje castellano, cazador, naturalista casi sin proponérselo. Sus novelas están llenas de campo, de animales, de estaciones, de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Leyéndolo uno entiende muchas cosas del medio rural que a veces se nos escapan desde los despachos.
Quizá lo interesante de todo esto es darse cuenta de que la ciencia no aparece solo en los grandes centros de investigación. También nace en aulas modestas, en laboratorios pequeños, en universidades de provincias. Y a veces incluso en un cuaderno de dibujos frente a un microscopio.
No siempre lo recordamos, pero esta tierra también ha producido conocimiento. Mucho más del que solemos imaginar. Y quién sabe. Tal vez ahora mismo, en alguna facultad de Salamanca, Valladolid o León, haya alguien mirando por un microscopio con la misma curiosidad con la que Cajal dibujaba aquellas primeras neuronas hace más de un siglo. Porque al final la ciencia empieza casi siempre igual. Con una pregunta. Y con alguien dispuesto a tomársela en serio.
Suscríbete para seguir leyendo