La fe de los ateos |
El Cristo de las Injurias avanza en procesión durante un Miércoles Santo. / Archivo
El pasado 28 de febrero Ana Iris Simón publicó en el diario El País su columna con el mismo título que ahora reproduzco, "La fe de los ateos". Contaba un episodio personal, en el que hablaba de cómo su hijo de apenas cuatro años le había preguntado días atrás por la muerte, y si ésta venía los lunes, miércoles o viernes. En estas jornadas en que los católicos conmemoramos la muerte y resurrección de Cristo, y los que no lo son quizá simplemente las recuerden, viene al caso considerar la respuesta que a la escritora –relata en su artículo- le dio su padre ante la muerte de una compañera de clase cuando ella era apenas una niña. "Mi padre me contó entonces que aquella compañerita mía yacía enterrada, y que su carne iba a mezclarse con la tierra, y que esa tierra alimentaría plantas, y que esas plantas a su vez alimentarían insectos que después alimentarían aves. Pero cuando mis padres no estaban, mi abuela materna me recomendaba no creerme tonterías y me aseguraba que mi amiga estaba en el cielo con Jesús. Tras muchos años de idas y venidas, tuve que rendirme y aceptar que Dios existe aunque durante mucho tiempo me negara a creer en Él, así que es la versión que le cuento a mis hijos". Quizá dos de tantas respuestas.
Y del título, que he recibido de préstamo, me ha venido a la mente la lógica pluralidad con que nuestra sociedad –zamorana- vive los momentos de pasión y de la Pasión. De cómo en lo profundo de casi todos aparecen las dudas, quizá las certezas, los deseos de lo que se quisiera que fuera, los miedos acumulados, los cambios de parecer, los hombros encogidos... E, incluso, también la banalización o las indiferencias instaladas, que seguramente sean lo más preocupante.
De la anécdota de Ana Iris Simón entresaco la reflexión que más adelante plantea en su columna, que viene plenamente al caso. "(…) mi abuelo, resulta que, tras toda una vida cagándose en Dios y en todos los santos en hilera, tras decir cada Semana Santa que a ver si caían chuzos de punta, con 89 años se salió por primera vez a la puerta de su casa para ver la procesión del Cristo de Villajos. Y, al paso del Crucificado, se levantó de su andador y se quitó la boina, para sorpresa de mi tía, a la que se le debió caer un ojo y luego el otro. Nunca nadie le preguntó por aquello. Mi padre decía que si lo hacíamos había dos opciones: que negara haberlo hecho jamás o que afirmara que siempre lo había hecho así. Y yo me reía, como con la explicación que le daba al episodio cada miembro de mi familia, a cada cual más intrincada, para evitar reconocer la más plausible: que, viéndole las orejas al lobo, mi abuelo hubiera dudado. Aunque fuera un poco. Aunque fuera por un momento. Se murió unos meses después, así que nos quedamos con la duda".
Y, más allá de la consideración del miedo o no a la muerte, la muerte misma. Porque no es cuestión, por supuesto, de miedo. Ni siquiera de un por si acaso. Sino de cómo la afrontamos, o –paradójicamente- cómo la vivimos. Con la lectura de este artículo enseguida se acercaron a la ciudad del Duero –porque Simón plantea un universal, esto es, que nos viene al caso a todos- los paralelismos de su abuelo con uno de nuestros más universales y prestigiosos paisanos: Agustín García Calvo. De todos es sabida (quizá más fuera de nuestras fronteras que en la propia Bien Cercada) su militancia política, su condición ideológica y su forma de pensar y posicionarse ante lo mundano y lo trascendente. Quizá en el segundo aspecto incluso nos hayamos construido la etiqueta. Algo se entrevió entre diciembre y febrero pasados en la exposición "Una mirada a la memoria" conmemorativa de García Calvo. Porque pareciera que este filósofo y profesor, separado de su cátedra universitaria en 1965 por las estructuras del franquismo junto con Tierno Galván, López-Aranguren y Montero Díaz, pareciera abstraerse de semejantes cuestiones. Pero ahí está su obra filosófica, sus poemas y sus ensayos, sobre Dios y sobre la muerte. Y también sus gestos. Uno de los cuales, íntimo pero no secreto, traigo a colación.
Procesionar con la Cofradía del Silencio propició la ocasión. Durante unos cuantos años lo hice solo, después de que mi padre renunciase a ello, y sin prisa acudía a los jardines del Castillo para iniciar la procesión. Sin forcejeos ni agolpamientos me dejaba para el final, siempre en la fila izquierda, deliberadamente buscando desfilar cerca del Cristo, con sosiego, acompañando de cerca su silueta majestuosa deslizándose por las calles de Zamora. Deseando que la fila no avanzase sobremanera y que la imagen del crucificado renacentista se mantuviera por delante de mí para no quitarle ojo y confiarme a su contemplación. Y entonces ocurrió el paralelismo con el abuelo de Ana Iris Simón, pero sin andador.
García Calvo residía en Zamora en la denominada Casa de Cánovas del Castillo, ese caserón palaciego que estrecha un tramo de la Rúa de los Notarios entre las plazas de Los Ciento y San Ildefonso, y que es claramente reconocible por la proliferación de esgrafiados circulares y cruces de Malta que pueblan su fachada. En la planta superior aparecía asomado a uno de sus balcones aquella tarde Agustín García Calvo. Al aproximarse la imagen a su casa, la mirada del filósofo se clavó en la talla. Y en el momento preciso en que el Cristo de las Injurias se hallaba en paralelo al balcón que ocupaba, apenas a unos pocos centímetros, García Calvo extendió su brazo derecho y tocó el patibulum (madero horizontal) de la cruz. Nada más. Fue un gesto. Desde la fila tuve la oportunidad de captarlo.
Cualquiera podría decir que fue un juego de chiquillo del filólogo. O una tentación sin mayor relevancia consumada. O un estímulo-respuesta no racionalizado. Pero lo cierto es que fue un gesto. Como el del abuelo de Ana Iris Simón. Y los humanos somos gestos, y nos expresamos desde los gestos, con el lenguaje no verbal de los gestos. Gestos que muestran adhesión, o rechazo, o violencia, o afecto... Pero nunca, jamás, indiferencia. Fue aquel un gesto que expresó. Y que aquella tarde de Miércoles Santo resultó, además, elocuente.
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