El “maridito” viajero

Pauliteiros de Miranda do Douro.

La identidad —cualquier identidad— no es un “en sí”, sino un “con otro”; su construcción requiere la existencia de un “otro” diferente. Somos y tenemos una identidad en la medida en que se pueden establecer relaciones opuestas con la “otredad”.

La identidad se construye a través de un vínculo común en el que se establecen y resuelven las diferencias. Pero estas suelen ser mucho menores o menos significativas que las similitudes, y además el “otro” no siempre es el habitante del pueblo o municipio vecino, ni siquiera quien vive al otro lado de una frontera que solo fue administrativamente una frontera nacional a lo largo de los siglos. A menudo es mucho más apropiado y realista hablar de una identidad compartida, que tiene como fundamento fundamental un sustrato histórico, cultural y social con orígenes comunes.

El legado asociado a una identidad siempre se ha configurado por la superposición de épocas, y estas están determinadas por las experiencias concretas de los pueblos, con sus dinámicas de socialización e intercambio en los niveles más diversos. Esta evidencia cuestiona las narrativas etnográficas locales, plagadas de visiones etnocéntricas, que sobrevaloran lo local como genuina y auténticamente "nuestro".

Toda esta reflexión preliminar se justifica por experiencias concretas de nuestro trabajo de campo en el área etnomusicológica, llevado a cabo en la Terra de Miranda, un concepto de origen medieval que abarca los municipios de Miranda do Douro, Mogadouro y Vimioso, con inevitables incursiones en las regiones vecinas de Zamora y Salamanca.

“Ninguna cultura puede reivindicar una música como propia sin admitir que comparte muchas características y, probablemente, muchas composiciones con otras culturas vecinas”, afirmó el etnomusicólogo estadounidense Bruno Nettl. Esta es una evidencia más que demostrada que cuestiona inmediatamente la mencionada construcción de falsas identidades, negando los "puentes" que los pueblos han construido a lo largo de los siglos para comunicarse entre sí.

Esta imagen nos la sugirió una antigua fotografía de un puente artesanal sobre el río Duero, aún sin presas, un puente que garantizaba la posibilidad real y concreta de cruzar de una orilla a otra, un puente que no se construyó para permanecer inmóvil en el medio.

Por todos estos puentes circulaban, sin control ni exhibición de pasaporte, historias y leyendas, canciones y romances, bailes y bailes

Por todos estos puentes circulaban, sin control ni exhibición de pasaporte, historias y leyendas, canciones y romances, bailes y bailes

Un puente que sin duda servía de ruta a los arrieros, a quienes acudían a ferias y mercados a comprar y vender productos, a quienes aseguraban la trashumancia del ganado, a peregrinos y temporeros. Por todos estos puentes circulaban, sin control ni exhibición de pasaporte, historias y leyendas, canciones y romances, bailes y bailes, conformando un patrimonio ampliamente compartido porque tenía sentido y era útil que así fuera, porque servía a los pueblos de ambas orillas.

Estos puentes, como bien sabemos, quizá ni siquiera existieron físicamente; eran sobre todo medios y vínculos de relación y comunicación. A lo largo de los siglos, los pueblos han construido numerosos y variados puentes para desplazarse a otros lugares, por las razones más distintas y diferenciadas, en tiempos de paz y en tiempos de beligerancia entre sí.

Y así llegamos a un lazo de paloteo llamado “Maridito”, un ejemplar que viajó, de forma muy enigmática entre tierras mirandesas, zamoranas y salmantinas,

Y así llegamos a un lazo de paloteo llamado “Maridito”, un ejemplar que viajó, de forma muy enigmática entre tierras mirandesas, zamoranas y salmantinas,

Y así llegamos a un lazo de paloteo llamado “Maridito”, un ejemplar que viajó, de forma muy enigmática (como si se tratara de una operación de contrabando cultural…) entre tierras mirandesas, zamoranas y salmantinas, escalando los acantilados del Duero hasta una aldea fronteriza al norte del territorio mirandés, donde ha residido hasta nuestros días.

Todo parece indicar que nació como “danza de paloteo” y terminó como “danza de palos”; sin embargo, dado que no nos es posible describir con precisión las peripecias de su viaje —lo cual sin duda sería muy interesante—, nos limitaremos a seguir las pistas documentales disponibles.

Entre 1957 y 1961, se llevó a cabo una labor de recopilación de grabaciones musicales de la tradición oral en la zona de los acantilados del Duero. Y, en Aldeadávila de la Ribera (aunque también se bailó en Maribel o Macotera) se recogieron algunos ejemplares musicales relacionados con danzas de paloteo, entre los que se encuentra “La Viudita”, con la siguiente letra (1): Yo a mi maridito maté/ Que me daba la vida muy mala/ Ayudaimelo a enfadelicar/ Que muerto lo tengo/ Debajo de la cama.

Ahora bien, este ejemplar es nada más y nada menos que el baile que en tierras de Miranda do Douro siempre se ha conocido como “Maridito”, y cuya primera colección fue publicada en 1898 por Albino José de Moraes Ferreira, con el siguiente texto que ya denota la presencia de la lengua mirandesa: (2) "Al mio maridito maté/ Que me daba la bida mui mala,/ Ajudai-me a mortalizar-lo/ Que muorto l tengo de baixo la cama./"

Dos años después, en 1900, José Leite de Vasconcelos recogió la letra de este mismo lazo, como sigue: (3) "Al mio maridito maté/ Porque me daba la vida mui mala/ Ayudaimelo a arrastrar/ Que muerto lo tengo/ Debajo de la cama".

Este texto les fue enviado por un vecino de la aldea de Cércio, quien en aquel entonces estaba muy ocupado con las labores de la cosecha, formando parte del grupo de compañeros que viajaban desde la aldea de Cércio cada año para trabajar en los campos de Vitigudiño.

Continuemos el viaje. En 1908, José Manuel Martins Pereira publicó la letra de “Maridito” exactamente como la había publicado José Leite de Vasconcelos en 1900. (4) Y lo mismo ocurrió con Serrano Baptista, quien, durante la década de 1930, recopiló letras en la aldea fronteriza de Constantim, al norte del municipio de Miranda do Douro, situada en la frontera seca. (5) La letra de esta canción quedó entonces definitivamente establecida.

El lazo "Maridito" es interpretado hoy en día únicamente por los “pauliteiros” de la aldea de Constantim

El lazo "Maridito" es interpretado hoy en día únicamente por los “pauliteiros” de la aldea de Constantim

El lazo "Maridito" es interpretado hoy en día únicamente por los “pauliteiros” de la aldea de Constantim, donde algunos vecinos lo piden durante las rondas de que tienen lugar en el marco de la Fiesta de San Juan o Fiesta de los Moços, una festividad que se enmarca en las mascaradas del solsticio de invierno en tierras de Miranda do Douro. Allí también hemos tenido la oportunidad de grabarlo, observando que "Maridito" ha conservado su grafía castellana, con muchas influencias mirandesas, incorporando el corpus expresivo del bilingüismo transfronterizo.

¿Cómo viajó esta cinta? ¿Desde los acantilados del Duero hasta la frontera seca de Constantim? ¿Por qué? ¿Qué puentes cruzó? ¿Qué caminos recorrió? ¿Quién la trajo en su bagaje cultural y la transmitió para su adopción?

Finalmente, volvemos a los puentes de los que hablamos al principio de este texto: fue cruzando puentes como seguimos los devaneos de esta cinta viajera que acabó residiendo en tierras mirandesas. Lo hicimos sabiendo que siempre era un camino arriesgado, pero nos animó un dicho popular chino que dice: «Al menos una vez en la vida, arriésgate por un puente peligroso». En estas exigencias del conocimiento etnomusicológico, tampoco dejamos de lado otro dicho popular de los pueblos indígenas: «Recuerda construir el puente antes de tener que cruzar al otro lado».

Sigamos, pues, construyendo todos los puentes necesarios para comprender todo este patrimonio que vive y sobrevive a ambos lados de una frontera, habitando un hogar común.

Bibliografía consultada:

(1) En “Miscelánea a Monseñor Higino Anglés” (vol. 1), publicado en 1961 por el CSIC - Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid.

(2) Albino José de Moraes Ferreira, “Dialeto Mirandez” (1898).

(3) José Leite de Vasconcelos, “Estudos de Filologias Mirandesa” (vol. 1, 1900).

(4) José Manuel Martins Pereira, “As Terras de Entre Sabor e Douro” (1908)

(5) António Maria Mourinho, “Cancioneiro Tradicional e Danças Populares Mirandesas” (vol. 2).


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