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Al fin libres

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12.10.2019

El monarca de aquel país lejano y su esposa, la reina, recibieron a quinientas personas pertenecientes al gremio de las artes y las letras. Hacia la mitad del besamanos, su majestad notó que la mano derecha se le hundía progresivamente en la de los invitados, como si cada vez las tuvieran más grandes. Pronto comprendió, sin embargo, que, por el contrario, era él quien cada vez la tenía más pequeña. Se le reducía de forma casi imperceptible al contacto de la de los súbditos. Lo mismo le ocurrió a su esposa, cuyos dedos se fueron........

© La Opinión de Zamora