¿Qué me dice hoy la memoria colgada de los balcones de Toro ante la Semana Santa?

Reposteros de las cofradías de Semana Santa en el Ayuntamiento de Toro

Mi abuelita María parecía una encina. Pequeña, fuerte, resistente como esos árboles que saben permanecer en pie aunque soplen los vientos más duros. Su tez muy blanca y su corazón sonaban como un río que cantaba por los pasillos de su casa en Santa Marina. Siempre vestida de oscuro, pero su presencia traía una luz especial a la casa. Caminaba casi de puntillas por la vida. El alba la sorprendía muchas veces en la iglesia de los Escolapios o de los Mercedarios, en la primera misa del día, aunque fuera la única persona en el templo.

Su casa estaba siempre abierta.

Allí, en aquel balcón de Santa Marina, se cuelga todavía hoy mi memoria de la Semana Santa de Toro. Y ahora que los años se han ido acumulando como vendimias en la memoria, vuelvo a esa ciudad querida desde dos atalayas: la atalaya de los muchos años vividos y la atalaya de la distancia física desde la que uno contempla con más hondura lo que ama.

No en vano Miguel de Unamuno llamó a Toro “erguido en atalaya del Duero”. La expresión parece escrita para esta ciudad levantada sobre el río, vigilando el valle como quien guarda la historia. Desde esa altura Toro ha visto pasar el tiempo —incluso el doloroso incendio que destruyó antiguos pasos de su Semana Santa— entre sequedades o inundaciones, dificultades o esperanzas. Y cada primavera vuelve a repetirse el mismo milagro: la Semana Santa baja a las calles y convierte la piedra en memoria.

Todo comenzaba para nosotros con el Domingo de Ramos. Era el día luminoso de la infancia. Estrenábamos algo —aunque solo fueran unos calcetines— y llevábamos palmas en las manos, aunque fuera apenas un pequeño trozo. Las calles respiraban una alegría que todavía no sabíamos explicar.

A partir del Miércoles Santo empezaba la peregrinación familiar hacia el balcón de la abuela. Mis........

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