Tomás: entre la soledad, el encuentro y la misión
La relación entre soledad, encuentro y misión componen un itinerario espiritual y humano que transforma el aislamiento en un espacio de fecundidad y servicio. Así es como en la más profunda soledad se encontraban aquellos discípulos de Jesús tras los días terribles, más críticos y difíciles, por la pasión y muerte de Jesús de Nazaret, donde el miedo y la incertidumbre se apresaron de ellos.
Como humanos que somos, sentimos miedo al encontrarnos solos.
Cristo, aunque ha resucitado, no lo vemos, no lo sentimos y, al igual que los apóstoles, lo necesitamos para creer, ver y sentir.
Tomás es uno que no se contenta y busca, pretende constatar él mismo, tener un encuentro, una experiencia personal. Jesús lo espera y se muestra disponible ante las dificultades e inseguridades del último en llegar.
Reencontrado el contacto personal con la amabilidad y la misericordiosa paciencia de Cristo, Tomás comprende el significado profundo de su resurrección e, íntimamente trasformado, declara su fe plena y total en él exclamando: "¡Señor mío y Dios mío!". ¡Bonita, bonita expresión, esta de Tomás!
Cabe destacar un elemento que pasa desapercibido: la paciencia de Jesús. Una virtud que debe encontrar en nosotros la valentía de volver a él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos.
¡Cuántas propuestas mundanas e inmateriales sentimos a nuestro alrededor! Dejémonos sin embargo aferrar por la invitación y propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor hecha carne. Para Dios no somos números, somos importantes, es más, somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.
La Pascua nos invita a llevar a cabo una misión, a ser personas nuevas, personas con la suficiente fuerza para seguir trabajando junto a los más humildes y débiles de la sociedad; para salir de la parroquia, del hogar, de la comodidad, para llevar y acercar el amor de Dios a todos nuestros hermanos.
Hoy sufrimos una gran crisis, no solo material, sino también espiritual, y Jesús resucitado nos invita a estar dispuestos y cercanos a las necesidades que van surgiendo en ambos campos.
Dios ha puesto en cada uno de nosotros, a pesar de nuestros defectos, la confianza para perdonar, trabajar por la vida y ayudar a liberar a los que viven oprimidos, teniendo la responsabilidad de cuidar el don de ser testimonio, luz y encuentro con los hermanos que no creen, que necesitan ver la presencia de Cristo resucitado.
Si somos verdadero testimonio, seremos no solo creyentes sino también creíbles y haremos creíble el mensaje de la salvación. Recordemos que el cirio que encendimos en la Vigilia Pascual nos recuerda que somos luz para alumbrar la oscuridad; la nuestra y la de los hermanos.
¿Seremos nosotros testigos de esa vida de Jesús para los Tomás que han visto y experimentado demasiada muerte? Ese es nuestro desafío y nuestra misión.
