Callejeando por la Historia: Nicea |
Ilustración sobre Nicea / Imagen creada con Inteligencia Artificial
Después de la victoria sobre Majencio en las afueras de Roma, muy cerca del Puente Milvio, Constantino se convirtió en el único emperador del imperio romano y una de sus primeras medidas fue prohibir la persecución de los cristianos. A este fin, firmó en Milán un edicto en el que se les reconocía su derecho a reunirse y practicar el culto.
En realidad Constantino siempre había sentido simpatía por el colectivo cristiano, pero en los últimos años había aumentado el número de sus miembros de forma sorprendente por lo que convenía ganarse su favor. Así, poco después de ser proclamado emperador, convocó un concilio para superar la controversia arriana que tan profundamente los dividía y asegurar de este modo la unidad política y religiosa del imperio. Corría el año 325 de nuestra era. En la agenda, el procesamiento de Arrio.
El concilio se celebró con gran boato en Nicea, a orillas de un lago y en el palacio de verano del propio emperador. Fue presidido por el obispo Osio de Córdoba y, aunque Arrio y sus teorías fueron condenados por abrumadora mayoría, la asamblea no consiguió poner fin al debate teológico. La pugna siguió durante un tiempo y afectó no sólo a los creyentes de base sino también a sacerdotes y obispos. A miembros, incluso, de la familia imperial.
"Fue una entrada gloriosa. Avanzó Constantino, al fin, por el medio cual celeste mensajero reluciendo en una corruscante veste como un centelleo de luz relumbrando con los fúlgidos rayos de la púrpura y adornado con el luste límpido del oro y las piedras preciosas...". Así describe Eusebio, obispo de Cesárea, la entrada del emperador Constantino en la asamblea conciliar. Palabras excesivas, sin duda, pero que más allá del arrobo del prelado muestran la excepcionalidad de la convocatoria...
Desde primeras horas de la mañana, guardias y soldados con las espadas desenvainadas y en círculo velaban los accesos al palacio. Era el mes de mayo, comenzaba el concilio y la poderosa maquinaria defensiva se ponía en marcha. A la señal convenida, por el pasillo central del enorme patio comenzaron a desfilar libres de temor y en formación de dos hileras los hombres de Dios. Detrás venía el emperador Constantino ataviado con los ornamentos mayestáticos y acompañado por un escogido grupo de nobles, caminaba con paso firme y llegado al sitial se arrodilló con gesto de sumisión y pidió a los asistentes que intercediesen ante Dios por él.
Los obispos, que esperaban aquel gesto de humildad, se levantaron entonces de los lechos de madera en los que reposaban. Habían llegado de todas las provincias del imperio, mayoritariamente de las orientales, y ahora pedían al Altísimo lucidez para llevar a buen término la asamblea. Concluida la oración, el emperador se dirigió a los asistentes recordando la razón que le había llevado a convocar aquella reunión conciliar y les rogó encarecidamente claridad en la redacción de los artículos que convinieran y que, cualesquiera que fuesen, contasen con el parecer unánime de todos. Finalizado el discurso, el metropolitano más antiguo pronunció unas palabras laudatorias hacia el rey y le dio su bendición. Fue entonces cuando el emperador abandonó la iglesia y dejó a los hombres de Dios debatiendo...
El concilio convocado por Constantino en Nicea no acabó con la controversia arriana que tan profunda división causaba, sin embargo, de allí salió el "credo niceno", un documento en el que se condenaba oficialmente al arrianismo. Fue suscrito por doscientos noventa y ocho de los algo más de trescientos obispos que participaban y pronto se habría de convertir en la proclamación básica de la fe cristiana.
"Engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre…", decía en algún momento aquella declaración de fe. Se rompía, así, la lógica arriana de la creación del Hijo y quedaba proclamada su plena divinidad e igualdad con el Padre. Reformado ligeramente unos años más tarde en el primer concilio de Constantinopla, hoy, diecisiete siglos más tarde, el "credo niceno" se sigue recitando prácticamente en todas las iglesias del mundo.
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