Hasta siempre, amigo y maestro

"Quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano" … ¿A quién quiero engañar? No puedo ser el irrepetible cabrero de Orihuela, soy la pastora de Prado. Y porque nadie como Miguel Hernández canta la pena que nos inunda cuando el amigo, el compañeiro del alma, compañeiro, nos deja.

Se me murió el padre en invierno y entre cirios y torrijas enterré al amigo.

Esto sólo puede significar que me hago revieja. Y no se trata del dicho popular, ese de que a quien a los cuarenta no le duele algo, es que no se cuenta entre los vivos, o bien se dedica a la política. Porque los políticos, a juzgar por el cutis que lucen, están por estrenar.

Se trata de la luctuosa realidad de que un día entras en el cementerio y reconoces allí dentro demasiados nombres de esos que durante tu infancia y loca juventud te cuidaron y protegieron. Es mi caso. Ya tengo más conocidos dentro, que fuera del camposanto.

Duele perder al padre, duele perder al amigo. El padre te lo impone la biología, los principios fundamentales de la genética de Mendel y toda esa pesca de los alelos dominantes y recesivos. Y el roce termina haciendo el cariño. El amigo es esa otra familia que se elige libremente y que también conforma tribu.

El amigo es un milagro de los difíciles, del tipo Lázaro, levántate y anda. El amigo es una jugada magistral del Fatum romano, ese destino ineludible, hijo de la Noche y nieto del Caos primordial, capaz de juntar en un viaje por Israel a dos completos desconocidos, de edad, procedencia y bagaje vital bien diferentes, hasta acabar convirtiéndolos en inseparables. Compañeros, confidentes, confesores. En familia no biológica, de esa que no necesita rozarse para quererse. Hasta que la muerte enamorada, la vida desatenta, la tierra y la nada se tornan en imperdonables.

La amistad no viene avalada por la razón ni por el materialismo histórico. La amistad rompe todas las barreras. Para la amistad no existe el pero, tampoco el aunque, porque en la amistad no hay adversativos ni contras. Ni tan siquiera la distancia es una piedra en el camino. La amistad no conoce distancias, porque la distancia no es más que es una cifra cualquiera.

La amistad, como decía Virgilio del amor y del laburo arduo, todo lo vence.

Se puede ser diferente, pensar diferente, creer diferente y, aun así, dialogar y debatir como entes pensantes y sintientes. No como los homo demens actuales

Se puede ser diferente, pensar diferente, creer diferente y, aun así, dialogar y debatir como entes pensantes y sintientes. No como los homo demens actuales

Según el mapa de carreteras de la guantera del coche, Vigo y Zamora están a tres horas y media de camino, cumpliendo la normativa. Pero qué son tres horas cuando se llega al parque de O Castro y te está esperando el amigo más feliz que un perro con dos amos. No con esa sonrisa en la boca destinada a las redes sociales, sino sonriendo con la cara entera por el ansiado reencuentro.

Don Manuel José Lemos Soliño: mi amigo. Y el eterno maestro. Con quien se podía hablar y debatir, argumentando y contraargumentando de todo. Porque como bien demostraba La Clave de Balbín, se puede ser diferente, pensar diferente, creer diferente y, aun así, dialogar y debatir como dos entes pensantes y sintientes. No como los homo demens actuales.

El amigo que desmontó la teoría de mi abuelo, quien repetía cada vez que podía lo de "Gallego, gallego ¿cuándo me darás la patada? Si no te la doy hoy, te la daré mañana". El amigo que refutaba la sabiduría popular del refranero que advierte: En casa, ni gato negro, ni mozo gallego.

Mantenía con el amigo y maestro una regular relación epistolar en un mundo en el que nadie quiere escribir a mano. Una fluida relación en la que junto a las hojas caligrafiadas narrándole alegrías y tristezas, le mandaba todos los artículos de esta Escalera hacia el Cielo.

Le hubiera gustado que los hubiera recopilado en un libro y me apremiaba a que lo hiciera. Libro que de llegar a ver la luz ahora tendrá que pedirlo prestado en la biblioteca de allá arriba al Jefe de jefes. Porque una vida eterna sin biblioteca pública, celestial y de calidad ni es vida eterna ni es nada.

Además del correo nos amparaba la compañía telefónica. No tenía móvil ni ordenador, ni falta que le hacía, pero podíamos pasarnos horas al teléfono, con la venia del rebaño. Siempre en sábado, para felicitarnos el Sabat y sobre todo el Shalom. El imprescindible y cuerdo Shalom. Poniéndonos al día sobre amigos y conocidos en común, o relatando su último viaje.

Preguntándome preocupado por mis dolores. Y felicitándome cada 4 de diciembre, festividad de Santa Bárbara. Porque el amigo y maestro sabía bien que en casa nunca fuimos de festejar nacimientos. Y si iba a estar fuera, se las ingeniaba para felicitarme antes. A partir de ahora, con el padre y el amigo reunidos por fin en las alturas, nunca conseguí juntarlos en vida, así y con todo se admiraban y respetaban conmigo de intermediaria, el día de la patrona de mineros y artilleros ya nunca será lo mismo.

Mente incansable la del amigo y maestro. Leía todos los días, prensa en papel y libros. Nunca dejó de leer, viajar, hacerse preguntas, estudiar, investigar y conocer. Aunque al final valoraba más el estar en casa, en el nido, en zona conocida y segura. Le costaba hasta subirse al barco que le llevaba de Vigo a Cangas para visitar la querida casa de sus padres.

Fue allí, la última vez que abracé al amigo, y maestro. En su bonito pueblo mariñeiro de la majestuosa Ría, donde me había conseguido un hatillo de redes desechadas por pescadores, con las que proteger los frutales de la avidez de los pájaros mesetarios.

La amistad no requiere devolver favores. Ni ser bien nacido y agradecido. Pero al amigo hay que cuidarlo como si fuera un barril de Brent, una saca de lana o un remolque de estiércol. Y el vino de Toro junto con los quesos de mi amigo el cabrero de Tábara siempre fueron la mejor manera de hacerlo.

Ya no habrá más cafés que se alarguen hasta la hora de regresar a Benavente por la A-52. Ya no podremos visitar Israel otra vez, ni los campos de exterminio, como teníamos planeado. ¿Quién me va a corregir ahora cuando pretenciosa me vuelva a pasar de lista? ¿Quién me va a afear el uso de palabrotas sin ser Cela? ¿A quién irán dirigidos mis guiños a la fermosa lingua galega?

Ya huele a Feria de Sevilla y una de las sevillanas del adiós dice "ese vacío que deja es el amigo que se va". Imposible cambiarle una coma.

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