La otra historia de la historia
La otra historia de la historia
Existen tantas historias como historiadores. Porque el rigor con el que se relatan los hechos no es el mismo si se han registrado en el momento de haberse producido, que si se llega a hacer años después. No es igual contar una guerra desde el bando ganador, que desde el bando perdedor. No es lo mismo que lo haga un historiador local que otro extranjero, imparcial. No es lo mismo que se haga a través de una mirada conservadora, que utilizando una progresista. No es lo mismo hacerlo con pruebas constatables, que utilizando impresiones de determinados testigos. Y, por si fuera poco, con el agravante de que decir la verdad, a día de hoy, parece asociarse a un acto revolucionario.
Si nos ciñéramos a la moderna historia de España, existirían historiadores para diferentes gustos. Los británicos Hugh Tomas y Paul Preston, uno conservador y otro progresista, uno formado en Cambridge y otro en Oxford, y los españoles Ricardo de la Cierva y Ángel Viñas, también de ideologías diferentes, podrían ser los más significados.
Pues si llegan a existir matices, e incluso diferencias, en hechos producidos hace poco tiempo, cabe pensar que tales controversias se verían incrementadas si se refirieran a historias acontecidas hace un milenio. Y si llegaran a discurrir por las veredas de mitos y leyendas, se obtendrían diferentes conclusiones . Tales podrían ser los casos de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid Campeador y Mío Cid, y de Bellido Dolfos. El primero, cuando obedeciendo las órdenes de Sancho II de Castilla puso cerco a la ciudad de Zamora. El segundo, cuando la defendió. El caso de este último, es el que ofrece más dudas, ya que pudo llegar a ser un héroe para unos y un traidor para el bando contrario. Aquello sucedió allá por el año 1072.
Según algunos historiadores, el Cid fue educado y formado en Zamora, en la casa del noble alcaide Arias Gonzalo, junto con los entonces infantes Sancho, Alfonso, García, Urraca y Elvira, a la sazón hijos de Fernando I el Magno. Rodrigo Díaz, por ende, fue armado caballero (Que era a lo máximo que se podía aspirar entonces) teniendo como madrina a Doña Urraca, en la Iglesia de Santiago el Viejo, situada a extramuros de la muralla zamorana. A mayores, el citado Campeador, parece ser que tuvo amoríos con la citada infanta, terminando sus devaneos al dar un braguetazo con doña Jimena. De haber sido todo ello cierto, el Cid llegó a tener un amplio e intenso conocimiento de la ciudad, así como de sus defensas. De ahí que no se comprenda que Sancho II de Castilla hiciera lo posible por contar con el asesoramiento de un noble defensor de la bien cercada, llamado Bellido Dolfos, en lugar de haber recurrido al mercenario Cid Campeador que tenía bajo sus órdenes.
A más a más, Sancho II no debió caer en la cuenta que lo del espionaje y las intrigas ya estaban inventados, como también eran públicos los desiguales resultados de los encargos hechos a terceros a la hora de cometer magnicidios. El rey castellano no reparó en que Bellido Dolfos quizás conocía el resultado del asesinato de Viriato a manos de sus emisarios Audax, Ditalco y Minuro, de manera especial cuando estos fueron a reclamar su recompensa a los representantes del imperio romano, y les salieron con aquello de que "Roma no paga traidores".
Lo cierto es que la infanta de Zamora salvó la ciudad del duro cerco de siete meses a la que estaba siendo sometida. Ello vino a demostrar que, de no haber primado entonces la "ley del embudo" para las mujeres, y dada su excelente formación, y sus dotes personales, hubiera merecido haber recibido los honores de reina. De hecho, su hermano el rey Don Alfonso no se atrevía a mover un dedo sin contar antes con el visto bueno de la hermana más preparada de la familia.
Como conclusión, podría decirse que, al resultar el Cid tan desagradecido con la ciudad de Zamora, al haberse posicionado del lado de quien deseaba tomarla con malas artes, se habría ganado ser declarado persona non grata para la ciudad.
Si se deseara dejar ello patente, podría erigírsele una escultura, a tamaño real, junto a sus dos espadas, la Tizona y la Colada, que debían medir algo más de un metro, y cuyo peso andaría por encima de un kilo. Aunque dicha escultura, a diferencia a la ya existente en Burgos - en la que aparece la esbelta figura de un hombre a lomos de un brioso corcel - en la que se erigiría en Zamora, se mostraría la retaquez del personaje, con su apenas un uno cincuenta de estatura. Y es que, el citado héroe nacional, nada tenía que ver con el uno noventa de Charlton Heston en la película "El Cid", dirigida por Anthony Mann y producida por Samuel Bronston. Filme, que, por cierto, a pesar de contar con el asesoramiento del extraordinario medievalista Ramón Menéndez Pidal, tenía fallos históricos, de ambientación y de vestuario para dar y tomar.
Al lado de dicha escultura se levantaría otra en honor al noble leonés Bellido Dolfos que, por unas cosas o por otras, optó por defender a la ciudad de Zamora. Dicho noble, con cierta suficiencia, estaría mirando de reojo al Cid por aquello de que le hubo ganado la partida.
Desde las almenas de la puerta de la muralla que lleva su nombre, Doña Urraca, la infanta que mereció ser reina, miraría a ambos esbozando un gesto de complacencia.
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