Otra mirada hacia Irán o Afganistán

Un hombre ondea este miércoles banderas iraníes en Teherán. / ABEDIN TAHERKENAREH / EFE

Claro que nadie queremos la guerra. No hace falta ser Papa ni santo para llegar a esa conclusión. Ni ser de izquierdas o de derechas. Más tonto o más listo. Mejor o peor persona. Ya está, el argumento es sólido por sí mismo: soy pacifista, estoy en contra de la guerra. Y con eso y un bizcocho ya puedo seguir sonriendo como un maniquí y presumiendo de la superioridad de mi conciencia pacífica.

Solo que la realidad, más allá de nuestra acomodada burbuja de europeos adormilados, tiene vida propia, ajena y alejada de nuestros deseos. Y si dejo que en mi pacífica conciencia entren las imágenes de en lo que han convertido a Persia o a Afganistán, algo se remueve en mis tripas. Y si pienso en una sociedad en la que la mujer no existe sino como mero objeto alienado de voluntad, como esclava sexual o como mula de trabajo, la piel se me eriza y la sangre empieza a hervir en mis venas. Cuando sé que niñas son vendidas como la más vulgar de las mercancías para que desdentadas alimañas que multiplican su edad por cinco, por diez o por quince, disfruten sexualmente de ellas, sin demasiado reparo por debajo de esa edad y con satisfacción y respaldo de su libro sagrado a partir de los nueve años, mi amígdala se activa.

Imposible ponerse en el lugar de otros cuando la cultura, la educación, la tradición o las circunstancias históricas son diametralmente contrarias a las propias. Claro que podemos no hacer más ejercicio que el de girar el cuello para mirar hacia otro lado o el de tumbarse sobre el algodón de la bondad abstracta del paz y amor absolutos mientras como Lennon y Yoko Ono haya alguien que entre en la habitación a limpiarla y hacerme la cama. Pero haciendo un ejercicio un poco más honesto, de reflexión y de humanidad, pienso que si viviera en un régimen enfermo en el que una sola mujer fuera lapidada hasta la muerte por una supuesta inmoralidad o un solo gay ahorcado o lanzado al vacío desde el tejado de un edificio, entonces y solo entonces, claro que querría la guerra. Sea en Irán, en Afganistán o en cualquier otro punto en el que existieran o quisieran implantarse sus leyes, supuestamente de Dios y en realidad de demonios.

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