Regularizar para reconocer |
Ilustración de Nana Pez
Una de esas asignaturas pendientes que me restan por superar, tras pasar el ecuador de la vida, es no haber aprendido francés. Máxime cuando estuvo al alcance de la mano hace ya seis décadas en el París de Charles de Gaulle, en el año en el que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China. Era uno de esos recién nacidos de los miles de españoles que viajaron en busca de una mejor vida a la que parecían destinados en un país aún partido por una guerra incivil, fruto de un golpe de Estado, en la que unos ganaron y otros muchos perdieron.
Mis progenitores salieron del pueblo con el ánimo de un reagrupamiento familiar con otros que lo habían hecho antes. Pero la experiencia no fue tan positiva como la esperada y regresaron al poco tiempo en uno de esos trenes que nunca parecían llegar a su destino. Envuelto en tristeza y un halo de desesperanza que salía de los compartimentos, allí estaba un bebé que terminaría de criarse entre Murcia y Alicante, con el apelativo de ‘franchute’ arrastrado hasta el final de la adolescencia. No fue el único: también el de ‘alicantino’, ‘borracho’ y........