Tejer pequeños suéteres de lana para pingüinos heridos
A veces la humanidad se dignifica entera en un gesto pequeño, en una ternura diminuta que tiene mucho valor. Pienso en los pingüinos y en los cormoranes heridos de muerte después de un derrame de petróleo. Los pingüinos, esas graciosas criaturas que caminan como juguetes o relojes vivos que han aprendido a soportar el frío, y entonces imagino a un anciano con el cabello y las cejas muy blancas en Oceanía, el más viejo de Australia, un anciano que ha cumplido ciento y pico años y se inclina sobre sus agujas para tejerles suéteres de lana mínimos del tamaño de un suspiro.
Gómez de la Serna hubiera dicho sobre la realidad de esta noticia que venía el otro día en un humilde periódico que un suéter para pingüinos es una ‘bufanda de dignidad’, un modo de que el mundo no se derrumbe todavía del todo. Y que cada puntada de ese generoso anciano es una sutura más del planeta mismo reparándose la Herida (Sí, con mayúscula herida. Pero eso ya es otra historia).
En sus últimos meses de vida
Ese anciano, en sus últimos meses de vida, sabe más del mundo que el propio mundo. Tal vez por eso los tejía deprisa, pero con una inmensa delicadeza, como quien cose un sudario para que no se escape la ternura de las fronteras humanas.
Los pingüinos, mientras tanto, esperarían en algún sitio custodiados por voluntarios jóvenes para ser vestidos de urgencia por un jersey de color azul marino como un atardecer en Noruega o gris de nube que quiere ya llover o de rojo discreto para que el frío los encuentre elegantes, propicios, estrambóticos.
La gente reiría al verlos. Sería una risa limpia, como la de un niño que mira un milagro y no calibra qué es lo que está viendo. La gente reiría porque no sabría muy bien qué hacer con toda esa ternura junta, con todos esos pingüinos vestidos como viajeros extraviados en un invierno doméstico. Parecerían criaturas divertidas que se hubieran puesto la ropa del revés para entrar en el reino de la ingenuidad (Ese reino existe de verdad aquí abajo). La gente reiría porque el mundo, en realidad, solo soporta la belleza cuando la disfraza de chiste. Reiría para agradecer que todavía haya seres que admiten un jersey como quien acepta una limosna. Y reiría también porque presentiría que la lana es un modo de decirle a la muerte: "Todavía no. Todavía nos queda un poco de calor para repartir por la Tierra".
El testamento hermoso de la larga vida del anciano
Esos suéteres contienen el testamento hermoso de la larga vida del anciano, de su pacífica soledad, de sus mañanas al sol sentado en una mecedora frente al mar de Tasmania. Y mientras los tejía, quizá estaría pensando que él ha hecho poco, pero algo por el universo, que ha hecho su parte como el colibrí que lleva su gota de agua cada día al incendio y le dice al tigre que se ríe de él: "Yo he hecho mi parte y tú no has hecho nada". En anciano tal vez pensaría: "Esto que hago yo no se deshace, dura, puede tocarse".
Quizás salvar a un pingüino es salvar un continente entero y al futuro mismo. Y tejer un suéter diminuto es desafiar a la locura humana y a la tecnología solo con dos agujas de metal y un ovillo que huele al calor de un hogar antiguo.
El anciano tal vez haya muerto ya. Pero en el invierno de la costa australiana, podrá verse caminar a un pingüino con un jersey fucsia como quien va vestido con el último deseo de una niña enferma que tiene calentura. Y uno siente que esos suéteres se parecen también a los actos de amor que no se dieron nunca y que al final fueron a parar al animal más tierno, torpe e inocente. Tal vez al que más se lo merece, al que más perdido anda por todo lo que ocurre cada día.
Y quienes vean esa escena pensarán sin duda: "Todavía queda un poco de ternura en el mundo".
Suscríbete para seguir leyendo
