La tristeza sagrada de los lugares abandonados

La tristeza sagrada de los lugares abandonados / Ribero

Existe una tristeza sagrada en los pueblos y cortijos abandonados. La mayoría de ellos son el testimonio de una paciencia antigua, extinguida, de un tiempo que ya no sabe ni decir su nombre. Esos lugares albergan la liturgia del polvo detenido de los siglos. Son ruinas a la espera de no se sabe qué. Estaciones de paso hacia el olvido. Son como un almanaque detenido en un eterno Miércoles de Ceniza. Son como esas chaquetas viejísimas que aún conservan la forma de la espalda y los hombros de quienes se las pusieron.

Cuando entro en ellos, siempre pienso en las palabras de amor que se dijeron allí dentro y en la fiebre que pasó un niño con paperas en una de esas habitaciones de existir que tienen ahora las colañas podridas y en las lumbres que se encendieron con la arista del cáñamo y en dolor de los partos que sucedieron en las alcobas frías con los techos muy altos y en el pan de los hornos que alguien se llevó al pecho para poder partirlo con navaja. Incluso imagino que alguien allí se quitó un día la vida.

Tengo esa querencia a visitarlos y la suerte de tener amigos que saben mucho de todo eso. Es un fervor por el pasado, por los mundos que se pierden, un ponerse a pensar y a tener sentimientos de nostalgia suprema. Entonces me surge esa pulsión de mirarlo todo por si puedo encontrarme ese dedal de plata que perdió mi abuela en Santa Inés o la carta con bordes amarillos que escribió mi padre desde su destino en San Javier, en la mili, o una lata muy vieja de carne de membrillo como en la que de niño yo guardaba mis cromos, mis canicas, mis chapas.

En un cortijo abandonado cada rincón es un testamento antropológico cuyos latidos perviven todavía en el aire estancado entre sus paredes de piedra. Fueron mundos que sirvieron para el milagro de la continuidad humana. Y hoy ya no son nada, ni siquiera hay apenas quienes los visiten por amor o veneración a lo que representan como hacemos mis amigos y yo.

La gran tragedia contemporánea no es, gracias a Dios, la escasez que había en ellos, sino la inflación de mundos perdidos que hay ahora. Todos llevamos dentro mundos perdidos y muchos de nosotros seremos muy pronto otro pequeño mundo perdido. He visto caminar a hombres que parecen todo un mundo perdido. Los he visto con ganas de acordarse, de llorar o de regresar a esos cortijos en busca de la gloria de su infancia para encontrar tal vez a aquel niño que fueron y sabía hablar con los pájaros y, cuando se aburría, le ponía nombre a las estrellas en las noches sin televisión de los veranos de entonces.

Reconocer nuestra finitud

Cada día, la velocidad y las pantallas devoran hectáreas de la propia memoria de la especie, lo convierten todo en un parque temático y, al vivir, nos vamos desprendiendo hasta de las versiones de nosotros mismos. Perdemos sitios y recuerdos con la misma naturalidad con que los árboles pierden sus hojas en otoño, pero con la diferencia brutal de que nuestra primavera jamás podrá repetirse, porque la primavera de nuestra juventud no volverá jamás. Por eso, el sentimiento que queda tras visitar esos lugares en ruinas no es el miedo al vacío, sino el reconocimiento de nuestra finitud, de nuestra propia condición efímera.

En uno de esos cortijos yo he mirado despacio la alacena intacta de un extraño con un asombro y una actitud poética muy hondas y he comprendido que, en realidad, los humanos no hemos hecho otra cosa más que levantar mundos que algún día serán devorados por el salitre y el polvo de los tiempos.

Todo es pérdida. «Todo regresa al frío». Y cuando visito esos lugares, siempre pienso que es necesario un lenguaje nuevo para nombrar la belleza de lo que se queda tan solo y arrumbado. Porque hay una belleza inaudita en esos mundos perdidos, una belleza honda en la que reside la verdadera sustancia de lo que somos, el residuo precioso de lo que alguna vez amamos y ya no podemos poseer. Cada uno de esos cortijos es un poema que nadie escribió nunca, pero que algunos desearíamos recitar al ver la luz de la tarde morir sobre una baldosa hidráulica.

¿Pero por qué es sagrada la tristeza de los lugares abandonados? Es sagrada porque sobrevive y supura todo lo que la causó. Es sagrada porque se parece mucho al dolor de los hombres. Es sagrada porque, al entrar, uno baja la voz como si estuviera dentro de un templo o una ermita. Y porque guarda la huella de la civilización sin profanarla y porque conserva la nostalgia de todo lo vivido, el trajín de las manos que amasaron como lo hacía mi madre en la artesa, el olor antiguo de las manzanas verde doncella que se metían en el baúl con la ropa, las conversaciones alrededor de las lumbres al anochecer cuando el campo entero era una sombra azul que se extendía en la Tierra. Es sagrada porque nos conmueve y nos enfrenta a una verdad que no queremos ver, la de que todo lo que amamos termina convirtiéndose en un charco de olvido. Y es sagrada porque refleja y reconoce nuestra propia ruina inevitable y secreta, y a la misma vez la dignifica.

Todos los lugares abandonados son sagrados y únicos porque fueron altares de lo necesario. Y quizás, lo más sagrado de toda esa tristeza sea que poseen un poso sublime de vestigio ancestral, de reliquia llena de grandeza y ternura que nadie debería nunca olvidar del todo.

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