La Cuaresma y los primeros viernes de mes
Colas en el besapié del Cristo del rescate, 1963. / Archivo TLM
Las horas se hacían eternas, en aquellos días de segundo y tercero del bachillerato que planificara el ministro Lora-Tamayo. El mero hecho de tener las vacaciones a la vuelta de la esquina provocaba un cóctel de ansiedad, ilusión y nerviosismo ante los exámenes del segundo trimestre y las ansiadas vacaciones de Semana Santa.
Los primeros viernes de Cuaresma significaban un pequeño paréntesis de holganza en las horas lectivas, cuando el fraile invitaba a sus alumnos a bajar a la capilla colegial para recibir el sacramento de la confesión. Aquella invitación mística hacía que el aula quedara vacía. Allí, sentados en la bancada de la preciosa —y hoy entrañable— capilla, aguardaban dos o tres sacerdotes que perdonarían nuestros infantiles pecados. Los menos responsables cedían turno a los mejor calificados para alargar lo que podía ser una ociosa mañana que se ampliaría con la media hora de recreo. Uno de los sacerdotes hacía ostentación de su sordera al poner el Sonotone en la mismísima boca del pecador, cuyo precoz acné denotaba su paso obligado a la adolescencia. La mayoría prefería soportar la halitosis del otro sacerdote, ya que la confesión resultaba mucho más discreta: "Ave María Purísima…" Era el inicio del sacramento que casi siempre desembocaba en un: "¿Te tocas? ¿Cuántas veces?", refiriéndose el confesor a las faltas contra la pureza que ordenaba guardar el sexto mandamiento. La penitencia solía ser suave: tres avemarías y un padrenuestro, rezar el credo y algún que otro rosario, que nos permitirían comulgar tras las doce horas de ayuno preceptivo.
Fueron los tiempos preconciliares del Vaticano II que convocara el Papa Juan XXIII, cuando la Bula de la Santa Cruzada permitía a los españoles prescindir del ayuno. Aquel mismo año de 1963, nos dejaría el Papa bonachón, el 'Papa Bueno' que fue Monseñor Roncalli.
Las colas junto a la iglesia en el año 1963. / Archivo TLM
La Cuaresma hacía que largas colas de fieles devotos doblaran el Arco de San Juan hasta la iglesia de San Juan Bautista, allí donde mi padre donara un precioso cuadro de la Virgen de Guadalupe, y que siempre admiraba en la tétrica capilla que lo acogía, cuando mi madre me llevaba de la mano al besapié del Cristo del Rescate, acompañados de Trini, mi portera, tocada con su imprescindible toquilla y moquero usado en la cabeza. Sí, porque por aquel entonces las mujeres, desde niñas, debían usar velo en las iglesias. Por ello, a Marisol, la estrella de la pantalla protagonista de Un rayo de luz, le pusieron un pañuelo a la cabeza (como si fuera a montar en una Vespa) en su visita al Santuario de la Fuensanta, cuando vino a Murcia para promocionar sus películas de la mano de la familia Iniesta.
Durante la Cuaresma de aquel año de 1963 se hizo caso omiso del escándalo del alcohol metílico, de la ejecución de Julián Grimau o la de los terroristas Francisco Granados y Joaquín Delgado. Entonces despertaba más interés el desarrollo político y económico, la sucesión de Franco, el nacimiento en Madrid de la primogénita de Juan Carlos y Sofía, las frustradas esperanzas de que Fabiola y Balduino de Bélgica fueran padres o que el diestro Juan García 'Mondeño' se hubiera metido a fraile.
Allí, en la larga cola del besapié, uno soñaba con la cercana Semana Santa, con volver a vestir la túnica roja, verde, negra o magenta, mientras algunos fieles avanzaban de rodillas para besar los pies del Cristo. Por allí estaba Pedrito 'El Chamarilero' y numerosas señoras, vistiendo su penitencial hábito del Rescate, en una Murcia devota que ya intuía su deslumbrante primavera.
Con las vacaciones de Semana Santa, a los críos de entonces nos ilusionaba el tiempo libre para la lectura de tebeos en las guerras incruentas de Hazañas Bélicas o El Capitán Trueno, vestirnos de nazareno o de huertano, o pegar la nariz en el escaparate del Bazar Murciano, alterados por la voz en grito de 'El Hércules' anunciando las novelas de Corín Tellado, entre olores de 'tostones' en una calle de la Platería llena de vida y alegría, de una Murcia ansiosa de luz y aromas de fresa y limón, heraldos de la fiesta por llegar.
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