Con las cintas de mi capa |
Tuna de Derecho de Murcia, 1976 / L. O.
Se marchó San Valentín, el día de los enamorados, el gran éxito de marketing de Pepín Fernández para su grandes almacenes Galerías Preciados, los que dieron un toque de modernidad a la Murcia de los años sesenta, instalados en la calle Isidoro de la Cierva. Su competencia, La Alegría de la Huerta, se vio obligada a instalar la primera escalera mecánica en su comercio de la ciudad para adaptarse a los tiempos. Todo un revulsivo para frenar a los populares almacenes madrileños en expansión nacional. Los críos de la época subían y bajaban por decenas a la salida vespertina del colegio, ignorando al vendedor de tortugas, al de piñones y a aquella señora inquietante que ofrecía condones de forma discreta a los que abandonaban la adolescencia a las puertas de los almacenes que fundara don Joaquín Cerdá en las Cuatro Esquinas.
La película El día de los enamorados, protagonizada por Tony Leblanc, Conchita Velasco, Jorge Rigaud, Katia Loritz y Antonio Casal, fue el aldabonazo de la promoción ideada por Pepín Fernández en aquella España feliz y en pleno desarrollo económico. Fue tal su éxito que la película tuvo una segunda parte: Vuelve San Valentín.
Las tunas universitarias incluían en sus parches y pasacalles la banda sonora de las citadas películas compuesta por el maestro Augusto Algueró: cantos al amor, a la juventud, a San Valentín y a su día de los enamorados, una movida festiva que llega hasta nuestros días. Un día especialmente mercantil en el que hacen su agosto floristerías, joyerías, confiterías y comercios en general. El amor no tiene edad; por eso hoy, pasado ya tan romántico día, los enamorados lucirán pulseras, calcetines, jarrones cuajados de flores e incluso bufandas, en unas fechas a tiro de piedra de la primera que ya se intuye.
Buena fecha para rememorar a viejos tunos murcianos, los que cantaban a la belleza y al amor en rondas nocturnas y ‘parches’ bajo el balcón de las bellas mozas murcianas; balcones que fueron, porque ya no son -pues apenas existen-, herederos de aquellas rejas donde nuestros bisabuelos pelaron la pava en noches de frío a la intemperie.
Nombres de tunos murcianos inolvidables como Pepe Montoya ‘La Voz del Monte’, de privilegiada voz, cuyos boleros inundaban los noches murcianas; Pepe ‘El Canario’; Mariano Muñoz Martín, que daba vida con sus piruetas al sonido rítmico de la pandereta, al igual que Nenín Martínez-Abarca; José Manuel Martínez Cuadrado; la guitarra de Juan Antonio Megías (hoy presidente del Real Casino); el doctor Julián Jara; los sonidos de bandurria de los hermanos Ayala y de Javier ‘El Greco’; la exquisitez de Damián García Palacios, Pepe Celdrán, José Antonio Mosquera ‘El Tacas’… Son nombres -entre otros muchos universitarios- que dieron vida a las noches de Murcia. Juglares vestidos de capa y cintas estudiantiles, rondones de bellezas que inspiraron a Cupido, especialmente en el ‘Día de San Valentín’.
Se habla demasiado de violencia y muy poco del amor. El amor es una cultura, "el más sutil, hermoso, último y paciente de los sentimientos". Es ahora, cuando abre la vana y hermosa flor del almendro, cuando el celo brota también. Volcán florecido lo llamaba Quevedo, afirmando que el amor es la guerra civil de los nacidos.
Cartas y zureos en el portal, paseos por la Trapería en un incesante arriba y abajo; los barquillos de canela para endulzar las tardes de paseo; las pipas de girasol como eternas acompañantes de pretensiones que terminaban convirtiéndose en noviazgo. El modesto obsequio por San Valentín como muestra de amor efímero o eterno. No volverán las frías tardes del invierno al calor del café Santos, ni los bailes "amarrados" en la discoteca Momo del inolvidable José María Galiana, ni las tardes de cine al fondo del patio de butacas con la figura inquisitiva del acomodador y su linterna provocadora de inquietudes. Tampoco esperaremos la perfumada epístola manchada de carmín en el catre de la mili, ni en la soledad de la triste pensión de cuando fuimos universitarios en la Villa y Corte…
Por mucho que los tiempos cambien, el amor no cambiará nunca y siempre existirán juglares y trovadores que, como los tunos, cantarán a la juventud y a la vida.
Suscríbete para seguir leyendo