¡Rataplán, plan, rataplán!
Don Juan de Dios Balibrea, Pedro Flores y sra. con Manuel Augusto García Viñolas, 1963 / L.O.
De nuevo los ecos de tambores y de cornetas resuenan en el espacio, despertando los azahares de la Murcia eterna. La ciudad y su huerta, al unísono, se desperezan al conjuro de las voces del pecador pidiendo misericordia, vistiendo las túnicas de penitencia en la conmemoración de la tragedia mística del Calvario.
Resulta curioso observar cómo, con el transcurso de los años, la memoria reverdece, llevándonos de nuevo a las praderas de la infancia feliz. A aquellos años de inocencia donde todo era nuevo y motivo de curiosidad. Permítanme, queridos lectores, unos breves y modestos retazos autobiográficos para un mejor retrato de aquellos días.
Vine a este mundo en la calle de los Apóstoles, en un desvencijado edificio con excelencias galdosianas en cuanto a los vecinos que lo habitaban y tradicional en cuanto a su arquitectura murciana. Ostentaba sobre su portal un rotundo número «2», dando su balconada fachada orientada al Seminario Mayor de San Fulgencio y, lateralmente, a la puerta de los Apóstoles de nuestra Santa y magnífica Iglesia Catedral. Por aquel entonces, mi calle era un lugar céntrico y transitado, a expensas de una Gran Vía de José Antonio aún inexistente.
La vida transcurría sosegada en aquella Murcia recoleta y provinciana. En mis primeros años, me gustaba observar desde sus privilegiados balcones todo cuanto se movía: las idas y venidas de mis entonces jóvenes padres, las gentes en su trasiego diario, las galeras, bicicletas, carromatos de mano, motocicletas, seminaristas becados de verde y funcionarios municipales que regaban con aguas claras el adoquinado pavimento. Un mundo desconocido y bullicioso transitaba bajo aquel balcón.
Las tribunas que comenzaban a levantarse en la inmediata plaza de Belluga anunciaban la solemnidad; los movimientos inusuales de mi madre buscando en cómodas y armarios así lo corroboraban. El planchado de las túnicas de mi padre, el abrillantado de los cetros, guantes, rosarios y cíngulos dispuestos, y los arreglos de última hora en el taller de Sepúlveda en la calle Aistor, proclamaban de manera callada pero inminente la llegada de la Semana Santa y de la radiante, casi cegadora, primavera murciana.
Desde aquel balcón, desde aquella particular atalaya, fui testigo privilegiado de todos los aconteceres propiciados por una ciudad entregada a rememorar la Pasión de Cristo, de aquel buen Jesús del que me hablaban continuamente las piadosas monjas de la cercana Tienda-Asilo, más conocida como ‘La Cocinilla’.
Allí, encaramado en lo alto, disfruté de las polémicas -cuando no llegaban a las manos- de los silleros, que a voz en grito dirimían dónde ubicar sus sillas de anea, con más de un escarceo de mujeres con delantal tirándose del moño. Disfruté también de los barrenderos sacando lustre al pavimento y de las familias madrugadoras que ocupaban el mejor lugar desde el que admirar los excepcionales tronos y a los nazarenos en penitencia, camino de sus iglesias, desde el Domingo de Ramos al de Resurrección.
¡Ya se oyen los tambores! ¡Ya resuenan las trompetas! ¡Ya viene la procesión! Los globeros la anuncian: globos, cocos y barquillos para el niño y la niña. «¿En esta procesión dan caramelos?».
Absorto y entusiasmado, el chiquillo que fui contemplaba el espectáculo: la banda de tambores y cornetas de la Cruz Roja, con sus blancas polainas y manoplas, abría el cortejo. ¿O tal vez fuera la Policía Municipal? ¿O la Policía Armada? ¿O sería, quizá, la Agrupación Musical de Guadalupe? Cuánto tiempo ha pasado, cuántos años, y la ilusión sigue intacta cada vez que me imagino de nuevo en aquel balcón, que hoy solo existe en lo más profundo de la memoria.
Ya estamos en Semana Santa, tiempo de penitencia, de arrepentimiento y de recuerdos; de primavera, de naranjos en flor y de vida… ¡Ya se escuchan los tambores, ya resuenan las trompetas…! Como diría mi querido e inolvidable don Elías Ros Garrigós ante el micrófono ubicado en su tribuna a las puertas del viejo Drexco, en la Trapería. Un año más, sigue viva la tradición y el grito, de boca en boca, se extiende por todos los rincones de la ciudad: ¡Ya viene la procesión!
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