Corsé

Amaia, durante uno de sus conciertos

En su Oda a la pereza, Pablo Neruda exploró la desidia como una forma de detener el tiempo y alejarse del frenesí diario, y créanme, contar de nuevo por qué un 8M, es lo que provoca: flojera, desgana y apatía, aunque sea más necesario que nunca.

Ayer escuchaba a Joan Manuel Serrat decir alto y claro: «Vivimos en un mundo intolerante que retrocede en sensibilidad y solidaridad», y sólo nosotras tenemos el poder de pararlo.

En estos últimos años, la evidencia viene vestida en forma de discrepancia y opresión, como si de un corsé se tratase, sobre el feminismo por parte de diferentes colectivos. Y así, desunidas y con disnea, ya os auguro que la cosa no funciona. Feminismo en igualdad levantando la pancarta del abolicionismo pero rechazando el feminismo interseccional o Queer, porque alguien ha decidido que las mujeres trans no se deben considerar mujeres. Politización y polarización radical que nos ha hecho perder el verdadero enfoque transversal de la lucha por la igualdad y contra la violencia de género, porque alguien ha decidido que las feministas son extrema izquierda. ¿Verdad que ya sienten pereza? Poco o nada se espera en lo que a avances se refiere, si somos responsables directas en la fragmentación de la visión para alcanzar la equidad.

Cuando un relato manipula y posiciona a una mujer contra otra mujer, me gusta recordar una anécdota esclarecedora, y no, no voy a hablar de violencia estructural y física tolerada, me niego a hablar de la negación de derechos fundamentales políticos o civiles que aún sufren las mujeres, mucho menos me pienso pronunciar sobre la explotación laboral o el matrimonio forzado. Que me aspen si cuento una anécdota sobre violencia sexual o la carga desproporcionada del trabajo doméstico que arrastran las mujeres por el hecho de serlo, esto es mucho más banal e ilustrativo.

El linchamiento mediático al que fueron sometidas las mujeres qué, durante los años 10 y 20 del siglo pasado decidieron liberarse de la herramienta de tortura que fue el corsé, dice todo sobre la supremacía a la que, durante siglos, nos han expuesto. El corsé llegaba a provocar fallos orgánicos, falta de respiración y oclusión de espalda entre otras lindezas. Tuvo que ser Paul Poiret, alertado por la queja de sus visionarias trabajadoras, el que convirtiese ese potro de tortura en elemento erótico pero más flexible y cómodo, para que, al más puro estilo BDSM, el hombre sintiera placer sexual a través de la sumisión, entrega y dominación que suponía desatarlo.

Hoy nos vuelven a presionar tanto en evolución como en emancipación, para ponernos un invisible corsé, y de nosotras depende agarrar por fin las riendas del lazo que representa la sororidad.

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