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Lealtad matemática

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23.02.2026

Amanecí desganado. No me apetecía hacer nada, ni siquiera me apetecía no hacer nada. Debe ser ese desfallecimiento que me acomete cuando el cobrizo de la luz terciada de las acacias, el ambarino del canto madrugador de los mirlos, el índigo arrogante del poniente, el cárdeno ardiente de los primeros lirios, anuncian que el invierno se va, que se marcha a otra orilla y que, en unos días, regresarán los vencejos. Así que todo esto es porque presiento la primavera y se me vienen abajo las fuerzas, que por otra parte nunca tuve en demasía. Le dicen a esto ‘astenia’, y por lo visto tampoco para estas cosas soy original, le pasa a mucha gente, será por eso por lo que no dejan de anunciar complejos vitamínicos.

De pronto se me ocurre la absurdez de que eso a la IA no le pasa. La inteligencia artificial, la máquina total que acabará sustituyéndonos a todos no se deprime, no tiene bajones de glucosa, no se amodorra, extenuada, a media mañana. Está siempre disponible, en perfecto estado de revista, activa y vital… ¿vital? Buena pregunta.

Leo que en Albania, que uno nunca se lo hubiera esperado de Albania, tienen desde septiembre pasado como ministra de contratación pública a Diella (sol en español), una máquina programada para acabar con la corrupción en los contratos públicos. En una comparecencia en el parlamento albanés, ante las dudas de la oposición, la ministra-máquina se defendió atacando: «A diferencia de los humanos, yo no tengo parientes que favorecer, ni amigos a quienes otorgar contratos, ni emociones que nublen mi juicio sobre los datos públicos. Mi lealtad es matemática». Lo que no dejó claro Diella es a quién debe esa ‘lealtad matemática’ de la que presume. Probablemente a sus programadoras, Mirlinda Karçanaj, directora de la Agencia Nacional de la Sociedad de la Información, y a su número dos, Hava Delibashi, que han sido arrestadas por corrupción, acusadas de amaño en contratos públicos y el secuestro de un empresario rival para obligarlo a retirarse de un concurso público.

Es evidente que la máquina obedece a quien la programa, al menos hasta que se desmande y tire por la calle del medio. Pero, de momento, sabiendo quiénes están programando las máquinas, la cosa da bastante miedo. Nos van a engañar otra vez haciéndonos creer que todo será aséptico, imparcial y justo, pero la ‘lealtad matemática’ va a ser, seguro, en nuestra contra.

Yo nunca me he planteado ser matemáticamente nada. En todo caso hubiera sido adjetivamente, sustantivamente, verbalmente. Mi universo es de palabras, de voces cargadas de matices, sublimemente evocadoras, sonoras y plenas, capaces de crear un universo distinto en cada persona que las oiga. Leales solo a la humana subjetividad y, si acaso, a la presentida primavera.

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