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Ochenta años sin Machado

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26.02.2019

Necesitábamos ser algo y Machado nos dio un ser. Junto con Camus, fueron los dos pedagogos de mi generación, o al menos de esos estratos sociales en los que crecí. Camus nos enseñó a creer que ese mundo de pobreza y luz, que también era el nuestro, no sólo no era contradictorio con una felicidad tan intensa que no dejaba de sorprendernos, sino que era su suelo más fértil. De aquella improbable, inmerecida, pero rotunda síntesis de pobreza y gozo, surgió el más firme compromiso de unas bodas con los bienes sencillos del mundo. Nosotros no teníamos el mar de Orán, pero no dejábamos de emocionarnos cuando leíamos algo sobre su abuela andaluza. Luego supimos que eso en Argelia quería decir española pero que en realidad procedía de Baleares. Daba igual. Camus siempre fue uno de los nuestros, desde que pusimos el ojo en el estudio del viejo Charles Moeller, aquella serie de volúmenes sobre Literatura del siglo XX y Cristianismo, que editaba Gredos.

Machado era, además, nuestro paisaje, y nos ayudó más que nadie a sentir que no éramos hijos del aire y de la nada, sino de una tierra mítica. Allí donde alzábamos la vista, allí veíamos un verso de Machado. No mirábamos despreocupados realidades sencillas. Mirábamos alrededor con la percepción atenta de quien lee un libro, y todo lo que veíamos estaba atravesado por la belleza de su poesía. El inmenso olivar, las encinas a mitad de camino de Úbeda a Baeza, la gigantesca cabeza del Natín, ese volcán dormido de nuestra imaginación presidiendo los silencios de Sierra Mágina, el águila dispuesta a emprender el vuelo de la peña de Quesada, la lechuza que se deja ver al anochecer y que alborea con las madrugadas, todo había sido cantado, fijado, sublimado. Machado nos enseñó a valorar todo lo que nos rodeaba con la atención debida a su dignidad. Todo resultaba importante porque él........

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