Los ecos de un tambor en primavera

Louis de Nain, 'La familia de la lechera', 1640

El día de la resurrección

Cuentan que una pequeña comunidad de eunucos, devotos de la Diosa, andaban errabundos transportando sus enseres a lomos de un pobre asno al que tenían molido a golpes. Los muy malvados disfrutaban castigando a la bestia con una vara de buenas dimensiones, pensando quizá en lo que a ellos les faltaba. Día llegó en que, del mucho sufrir y del poco comer, el asno murió.

—Al fin se ha librado de vuestras palizas-, dijo una niña a los hombres santos, a quienes conocía por haberlos visto llegar otros años los días de fiesta, envueltos en luto y penitencias por la muerte de Atis, el castrado a quien la Madre amaba.

Pero el más anciano la miró con burlona malicia; pues entre todos arrancaron la piel al animal y se fabricaron unos tambores para sus rituales. Los golpeaban frenéticamente hasta alcanzar el éxtasis, momento propicio en que el dios desangrado había de resucitar, para nuevamente ofrecer sus genitales a la Muy Amada. Agarraban el mazo soñando con el miembro regalado por ellos a la Gran Madre, dentro de la furiosa felicidad sin límites que les provocaba golpear al asno, aún después de muerto, el día que Atis volvía a la vida.

Tu perdición es mi liberación

En cierta ocasión me encontré con mis amigos Aviano y Teodosio. Se me ocurrió, entonces, hacerles partícipes de mis preocupaciones. Les conté que los godos habían abandonado su confinamiento y que habían castigado regiones enteras. Peor aún, la plebe urbana y muchos campesinos pobres habían comunicado a los bárbaros la ubicación de los graneros, de los depósitos de armas y hasta de los puntos débiles y sin vigilancia de las fortificaciones, todo ello para apoderarse juntos de las ciudades y saquearlas a placer. Estallé en amargas quejas, y Teodosio también profirió insultos por el deshonor y la deslealtad en que habían caído nuestros compatriotas.

Entonces Aviano, hombre de ingenio fecundísimo, y mucho más sabio que nosotros, nos contó una historia:

«Había un pastor que obligaba a trabajar sin compasión a su asno hasta los límites de sus fuerzas, poniendo sobre su lomo una albarda llena y pesada todos los días. Ocurrió que los bandidos cayeron sobre el rebaño y el hombre avisó a su asno para que huyera, pero este prefirió esperar tranquilamente a los asaltantes.

—¿Piensas que podrán ponerme sobre el lomo más peso del que me has obligado a llevar? Sálvate y huye si puedes, que faltando tú, yo no puedo sino mejorar».

Entonces comprendimos cómo también los traidores son hijos de nuestras obras.

Cuando Adán salió del Paraíso perdió todo el amor que los animales le habían dispensado. Estos no lo reconocían ya, escapaban ante su vista. Aquel que en su día les puso nombre, ahora les hacía huir cuando contemplaban su figura humana, hecha a imagen y semejanza de Dios. Con el tiempo, se recuperaron ciertas amistades. De entre lobos salvajes se reclutaron a los primeros perros, leales y carniceros. Los hermosos caballos, llevados por su orgullo, se aliaron con los hijos de Caín, para caer sobre los ciervos, cuya magnífica cornamenta despertaba la avaricia humana; su propia belleza fue ocasión de perdición para seres tan nobles y fértiles. El asno llegó después. No servía para cazar, su amistad era desinteresada, con su fuerza y su lealtad acompañaba al hombre en las peores situaciones, en los trabajos más duros. A cambio no pedía nada, solo recibía golpes e insultos.

No en vano había de ser un asno el que llevara a Jesús por entre un mar de palmas a través de las calles de Jerusalén. Jinete y montura tenían destinos parecidos. También fue un asno, esforzado compañero de un buey, quien antaño le prestó su calor, de niño, para que no muriera de frío.

Cuando al duque Paulo lo trajeron de vuelta a Toledo, derrotada su rebelión, le pusieron una diadema negra, para señalar su infamia en las mismas sienes sobre las que había querido ceñirse la corona real. Para escarnecerlo aún más, lo pasearon por las calles de la ciudad regia, montado del revés, con la mirada vuelta hacia los cuartos traseros de un burro. También en la España del Siglo (que algunos llamaron) de Oro se celebraba un paseo análogo para que las personas respetables pudieran burlarse de todos los desgraciados.

'La familia de la lechera', Louis de Nain, 1640 / L.O.

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