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La vida que soñamos

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21.02.2026

La pequeña Maidie Andres caracterizada como la reina Alicia, autor desconocido, 1903/1904.

—Sueño y vigilia son dos caras de la misma moneda. Así pensaba Schopenhaue

El maestro Zhuang tuvo hace siglos un sueño maravilloso. Soñó que era una mariposa. Sentía, por tanto, la capacidad de mover sus propias alas, hermosas y coloridas como los abanicos, cuya danza imita a los astros cuando atraviesan espacios infinitos a largo de los siglos describiendo sus órbitas. Durante el sueño trazaba volutas en el aire y luego posaba su cuerpo diminuto, bello y delicado sobre los pétalos de hermosas flores para buscar el preciso néctar. Al despertar, el maestro Zhuang caminaba aún entre los mundos de la vigilia y el sueño. El sabio había soñado que era una mariposa, pero con razón se preguntaba si, ahora, sería la mariposa quien soñara que era un hombre. Así ambos se soñaban mutuamente, en dos mundos diferentes, y al soñarse, garantizaban la existencia del uno y del otro. Como Alicia y el Rey Rojo.

Sueña el rey que es rey

Puck, el travieso personaje de Shakespeare, sabe que por muy grave que sean las cosas que ocurren, no por ello dejan de ser sombras vaporosas y livianas, sueños que construyen la realidad. Próspero, más grave, declara abiertamente que el mismo ser del hombre y de todas las cosas está formado por pura materia onírica. Estamos hechos de la misma materia que conforma los sueños.

Calderón creó a Segismundo. Este soñó que era un inocente injustamente castigado, aplastado bajo el peso de las cadenas, angustiado habitante de una mazmorra, desconocedor incluso del día de su nacimiento. Después soñó que era un monarca malvado, que pisaba el cuello de su padre, para volver a soñar que nuevamente era un cautivo. El rey y prisionero se soñaban mutuamente. Todos sueñan lo que son, pero ninguno lo entiende.

Fue una historia que nos contó Theóphile Gautier. Un joven caballero, crápula y de amistades poco recomendables, nuevo Adonis, árbitro de las elegancias del mundo moderno. Un sacerdote virginal y bello, de castos pensamientos y casi un ángel. Dos hombres que, en realidad, son uno y lo mismo, que sueñan mutuamente la misma visión que culmina con la forma sensual de una mujer, hermosa soberana en la oscura región nacida en la confluencia de los cuatro ríos del Paraíso: Vida, Muerte, Sueño y Vigilia.

Maestro, ¿qué debemos hacer con las injurias que padecemos?

—No interesarnos por ellas, ignorarlas, diferirlas, reírlas y olvidarlas. Y las que podamos, de corazón, perdonarlas. No abraces a la ira, o la ira te abrazará a ti. Alabanzas y agravios, son sólo sueños.

Don Juan de Santa Cruz, Juanito, llamado el Delfín por Benito Pérez Galdós, es un muchacho agraciado, adinerado y pillo, a quien sus padres han mimado bien y se lo han consentido todo. Viaja por la vida como un turista despreocupado. No esperaba, que yendo a visitar al anciano y convaleciente Plácido, el hombre que había visto pasar todo el siglo XIX delante de sus ojos, tendría que acometer una larga ascensión para llegar a la vivienda de este, sobre desgastados escalones de oscuro granito, y que durante aquella expedición aplastaría con sus botas las plumas y resbalaría por la sangre de numerosos pollos y gallinas que eran sacrificados allí mismo a manos de una familia vecina, que al tiempo que se apropiaba de la carne de aquellos animales conducidos al suplicio, incautaba para su venta los huevos dados antes de morir. Durante tan extraña anábasis, pisando roca, carne y sangre, se encuentra por primera vez en su vida con Fortunata. Ella es la belleza y la juventud, el vigor, la sensualidad y la promesa del goce y la fertilidad. Tiene un huevo crudo que está devorando con las manos, sin ceremonias ni urbanidad, con un goce casi animal. Mira descarada al intruso, cuyo pasmo no hubiera sido mayor de haberse dado de bruces en un bosque con la bruja Loreley. Acaso soñaba despierto.

La pequeña Maidie Andres caracterizada como la reina Alicia, autor desconocido, 1903/1904. / L. O.

La partida de ajedrez

Alicia despierta poniendo fin a su aventura en el país situado más allá del espejo. La fantástica partida de ajedrez (que ella comenzó como peón y terminó coronada reina) se revela un sueño. Entonces la niña es asaltada por una duda terrible. Si soñó con el Rey Rojo, ¿qué es lo que impide que ella no sea, a su vez, uno de sus sueños? Al fin y al cabo, Tweedledum y Tweedledee le dijeron, cuando atravesaba el bosque mágico, que tal cosa era lo más probable. De esta forma, en cuanto el rey despertara, ella desaparecería, su luz se apagaría como la llama de una vela, igual que si nunca hubiera existido. Oscuridad. Porque ella era también un sueño, nada más que un sueño. Pero Alicia respiraba aún. Entonces lo supo: ambos existían sólo porque el rey y ella siguen soñándose mutuamente.

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