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Y el perro vuelve

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12.03.2026

Escribe Abigail Thomas en Lo que viene después… y que te guste: «No te rindas. No tengas miedo al caos». Pensé que le regalaría este libro a mi hermana. Como cuenta que hace la autora, también ella compensa el caos pintando acuarelas. En el libro también hay perros, muchos, como en la casa de mi hermana. Y cosas que se acumulan por todos los rincones, en las alacenas, sobre las mesas, cada una ocupando el sitio que le corresponde según las leyes de la memoria. Alguien tiene que almacenar el recuerdo, dice Abigail, sabedora de que la memoria es un acto compartido. Y, sobre todo, hay mucha vida, atrapada en la fugacidad de lo cotidiano, contada desordenadamente como un rompecabezas hecho de recuerdos y sensaciones, con una voz cristalina impulsada por la necesidad de contarse para entenderse. Hay búsqueda, asombro y descubrimiento, en ese orden, que no es el orden cronológico sino el del corazón.

Abigail Thomas ha tenido cuatro hijos, se ha casado tres veces, tiene doce nietos, un amigo de toda la vida y un buen número de perros. Su vida, como su libro, está hecha de escenas breves: una conversación, una visita al médico, una comida cualquiera, una llamada inesperada. De ahí salen sus reflexiones. No de grandes acontecimientos, sino de esos momentos en los que la vida se detiene un instante y deja ver algo. Aparecen entonces los cuerpos que envejecen, la enfermedad que llega sin avisar, la cercanía cada vez menos abstracta de la muerte. También asoman, sin dramatismo, la depresión o el alcoholismo, como partes de un mismo paisaje humano que la autora observa con una mezcla de perplejidad y ternura.

En sus páginas todo parece surgir de una pregunta sencilla: ¿Qué hacer con lo que nos pasa? O, más exactamente, con lo que queda después de que algo nos pase. «¿Qué hacemos cuando hay un antes y no sabemos qué hacer con el después?», se pregunta en el libro. Esa es la materia de su escritura: el intento de ordenar el desconcierto que deja el tiempo cuando avanza. Como en sus libros anteriores, sobrevuela también la duda sobre la memoria. Thomas sabe que recordar no es reconstruir con exactitud lo sucedido. Recordar es llamar a las cosas, convocarlas. Y lo importante no es tanto si ocurrieron exactamente así, sino lo que aparece cuando las llamamos: las asociaciones inesperadas, los huecos, las pequeñas revelaciones que la escritura va dejando al descubierto.

De ahí que el libro avance como avanza la memoria: por fragmentos, por intuiciones, por escenas que parecen sueltas y que poco a poco van formando una vida. Es un libro delicioso, por el humor con el que ella asume sus torpezas, consolador por la fragilidad que acepta, perturbador por las zonas de sombra que no esquiva. Y esperanzador: aunque la vida real nos parezca tantas veces un estorbo, sabemos que en algún lugar hay una isla que baila al sol. Y también inspirador. Frente a los olvidos y los achaques del tiempo, se anima una y otra vez a recordar el milagro de estar vivos. Ella, como mi hermana, tiene a sus perros para recordárselo porque ellos viven en el aquí y el ahora. «El amor puede dar cabida a toda clase de objetos deformes: una puerta abierta para un perro de ciudad que se adentra en el bosque; vallas derribadas: un rol que no pediste ni querías. El amor admite la traición, la pérdida y el temor. El amor es amplio. El amor puede cambiar de forma, adoptar distintos nombres. El amor es elástico. Y el perro vuelve».

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